Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía

Mateo abrió la boca, la cerró. Las matemáticas eran brutales y obvias.

“Hay otros departamentos en la ciudad de México”, continuó Jaime, no sin cierto tono compasivo. “Le sugiero empezar a buscar pronto. El mercado en enero es competitivo”.

Mateo se puso de pie, sintiéndose mareado. “Esto no está bien. Algo no está bien aquí”.

Al salir, volvió a ver la fotografía de su padre y entonces notó algo que antes no había visto. En el fondo, ligeramente desenfocada, había una mujer con un vestido sencillo y el cabello recogido. Sostenía una carpeta y hablaba con un hombre de traje. Algo en su postura le resultó inquietantemente familiar.

2:15 de la tarde, centro comercial en Reforma.

Audriana había decidido que un poco de compras sería la solución mientras Mateo lidiaba con lo del departamento. Ella pasaría por el vestido que había visto para la fiesta de Año Nuevo.

En la fila para pagar sacó la tarjeta plateada que siempre usaba, la misma que jamás tenía límite, la misma que hacía que las vendedoras la trataran como a realeza. Deslizó la tarjeta por el lector.

Rechazada.

“¿Puede intentarlo de nuevo?”, pidió Audrey con una sonrisa tensa.

La cajera lo intentó dos veces más.

Rechazada. Rechazada.

“Lo siento, señora”, dijo la cajera. “La tarjeta no pasa. ¿Tiene otro método de pago?”

La gente de la fila empezó a murmurar. Audriana sintió como sus mejillas ardían.

“Debe ser un error del sistema”, dijo rápidamente, guardando la tarjeta. “Regresaré más tarde”.

Salió de la tienda con el corazón latiendo con fuerza. De inmediato llamó al banco.

“Banco Santander, habla María. ¿En qué puedo ayudarle?”

“Mi tarjeta fue rechazada”, dijo Audrey, intentando sonar calmada, pero autoritaria. “Necesito saber qué está pasando. Es la tarjeta terminación 4829”.

“Un momento. ¿Me da el nombre del titular?”

“Audriana Ruiz Vega”.

“Veo aquí que esta es una tarjeta adicional. La titular primaria es Sonia Vega”.

Audriana sintió como si le arrojaran agua helada.

“¿Mi suegra?”

“Sí, señora. Y la tarjeta fue cancelada ayer a petición de la titular”.

“¿Cancelada?”

“Así es. Dejó de estar activa a las 2:32 minutos de la tarde. ¿Algo más en lo que pueda ayudarle?”

Audriana colgó sin responder. Las manos le temblaban. No de tristeza, sino de rabia. Marcó de inmediato a Mateo.

“¿Qué pasó?”, contestó él agotado.

“Tu madre canceló mi tarjeta”.

“¿Cuál tarjeta?”

“La que yo uso. La de siempre. ¿Cómo se atreve?”

Mateo tardó un segundo en responder. Su voz cambió.

“Ariana, esa tarjeta no es tuya. Es una adicional de mi mamá”.

“Tú dijiste que era nuestra, que la empresa te la dio como beneficio”.

“Yo… yo pensé…”

“No, Mateo. O mentiste o fuiste demasiado idiota como para saber la verdad”.

“Audriana, cálmate. Podemos arreglarlo. Yo tengo mi propia tarjeta. Podemos usar…”

“Tu tarjeta tiene un límite de 20,000 pesos”, escupió ella. “¿Sabes cuánto gasto al mes? ¿Sabes cuánto cuesta mantener mi imagen, mis redes sociales, mi vida?”

“Tal vez ese es el problema”, murmuró Mateo.

“¿Qué dijiste?”

“Nada, olvídalo. Voy a casa. Tenemos que hablar”.