Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía

“¿A dónde vas?”

“A las oficinas de Vega propiedades. Voy a hablar con alguien cara a cara. Esto no puede estar pasando”.

12:30 de la tarde. Oficinas de Vega, propiedades.

Mateo estacionó el Cadilac en un estacionamiento cercano. 80 pesos la hora, una fortuna que normalmente no le importaba. Caminó rápido hacia el edificio de avenida Reforma. Nunca había estado ahí antes. La fachada era elegante, modernista, con ventanas altas y balcones de herrería. Una placa discreta decía: Vega. Propiedades S A DCV, tercer piso.

Subió las escaleras de dos en dos. Cuando llegó al escritorio de recepción, una joven lo saludó con una sonrisa profesional.

“Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?”

“Necesito hablar con el director, el gerente, quien sea que tome decisiones aquí”, dijo Mateo, intentando mantener la calma. “Soy inquilino y acabo de recibir un aviso de desalojo sin sentido. Me llamo Mateo Vega”.

La recepcionista revisó algo en su computadora. Su expresión cambió ligeramente, casi imperceptible. Pero Mateo lo notó.

“Un momento, por favor”.

Ella se levantó y desapareció por un pasillo.

Mateo aprovechó para observar alrededor. Las paredes estaban decoradas con fotografías de edificios. Mateo reconocía algunos. El complejo habitacional en la colonia Roma, las oficinas en la condesa. Y entonces se quedó helado.

En una gran fotografía al centro del muro estaba su padre Antonio Vega, con casco de construcción, sonriendo frente a un edificio a medio terminar. La placa debajo decía: Antonio Vega, cofundador. 1989 2017 inmemoriam.

Su padre había sido albañil. Nunca había mencionado haber sido dueño de nada en Vega propiedades.

Un hombre de unos 45 años, impecablemente vestido y con canas en las cienes, se acercó con la mano extendida.

“Soy Jaime Torres, director ejecutivo de Vega Propiedades. Entiendo que tiene inquietudes sobre su contrato de arrendamiento”.

Mateo le estrechó la mano automáticamente, pero su mente seguía procesando la fotografía de su padre.

“Sí, yo… disculpe esa foto. Mi papá trabajó aquí”.

Jaime siguió su mirada y algo parecido a tristeza cruzó por su rostro. “Antonio fue mucho más que un empleado”, dijo suavemente. “Pero ese es otro asunto. ¿Por qué no pasamos a mi oficina para hablar?”

La oficina de Jaime tenía vista a toda la avenida Reforma. Mateo se sentó en una silla de piel mientras Jaime abría un expediente sobre su escritorio.

“Señor Vega”, empezó Jaime, “entiendo su inquietud, pero la decisión de no renovar su contrato está completamente dentro del marco legal”.

“¿El dueño? ¿Quién es el dueño?”, interrumpió Mateo. “Necesito hablar con él. Hubo un malentendido. Mi mamá… ella dijo algo inapropiado en la cena de Navidad. Y si de alguna forma eso llegó a oídos del dueño…”

“Su madre no tiene nada que ver con esto”, respondió Jaime. Aunque Mateo notó algo extraño en el tono. “Es simplemente una decisión de negocios”.

“Entonces, déjeme al menos aplicar para renovar. Yo puedo pagar más. Yo…”

“El precio de mercado es 70,000 pesos al mes”, dijo Jaime con firmeza. “¿Puede pagar esa cantidad?”