Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía

“Sí”, respondí, mirando por la ventana de la cafetería. “Por primera vez en 3 años, estoy bien”.

Colgué y di un sorbo al café caliente, fuerte, sin adornos, como la verdad que estaba a punto de caer sobre mi hijo.

Día 1, 28 de diciembre, 9:15 de la mañana.

Mateo abrió su laptop en la mesa del comedor del penthouse. Audriana seguía dormida. La noche anterior habían estado despiertos hasta las 3 de la mañana discutiendo el drama de Sonia.

“Exagerada”, dijo Adriana. “Tu mamá siempre ha sido dramática. Mañana volverá pidiendo perdón”.

Pero esa mañana no había mensajes ni llamadas, solo un silencio extraño que le apretaba el estómago.

Revisó su bandeja de entrada. Entre correos corporativos y boletines que jamás leía, vio un asunto que le heló la sangre. Notificación formal. Terminación de contrato de arrendamiento. Remitente: administración Vega, propiedades.

Su corazón empezó a latir más rápido. Abrió el correo con las manos temblorosas. Leyó la primera línea, luego la segunda. Luego tuvo que leerlo tres veces porque su cerebro se negaba a procesarlo. No será renovado. Desocupar la propiedad. 31 de enero del 2024.

“¿Qué?”, susurró.

Buscó el número telefónico al final del correo y marcó. Sonó cuatro veces antes de que una voz femenina profesional respondiera.

“Administración de Vega, propiedades. Buenos días”.

“Sí, hola, habla Mateo Vega. Recibí un correo sobre la cancelación de mi contrato. Debe ser un error. Siempre pago a tiempo. Nunca he tenido problemas con…”

“Un momento, señor Vega, permítame revisar su expediente”.

Mateo escuchó el tecleo del teclado. Cada segundo era una eternidad.

“Señor Vega, no hay ningún error. El propietario decidió no renovar el contrato. Es su derecho legal según la cláusula 12.3”.

“Pero, ¿por qué? ¿Hice algo mal?”

“No tengo esa información, señor. Solo ejecutamos decisiones del propietario”.

“Necesito hablar con él. Esto no tiene sentido. ¿Quién es el dueño?”

“Esa información es confidencial. Si desea apelar, puede enviar una solicitud formal a nuestra oficina en Avenida Reforma”.

“Avenida Reforma. Conozco esa oficina. Está cerca de donde trabajo”.

“¿Puedo ayudarle en algo más?”

“Sí. ¿Puedo seguir rentando cuando el departamento vuelva al mercado?”

“Por supuesto, puede aplicar como cualquier otro solicitante. El precio de mercado es de aproximadamente 70,000 pesos al mes”.

Mateo casi dejó caer el teléfono.

“70,000”.

“Pero yo pago…”

“Usted paga 14,000, señor Vega. Una tarifa preferencial que ya no aplicará”.

La línea se cortó. Mateo quedó mirando la pantalla del celular. 70,000es. Su sueldo mensual era de unos 50,000 después de impuestos. Era matemáticamente imposible.

“¿Qué pasa?”

Audriana apareció en la puerta, envuelta en una bata de seda carísima. “¿Por qué estás gritando?”

“Nos van a desalojar”, dijo Mateo con voz hueca. “Tenemos que dejar el departamento antes del 31 de enero”.

Adriana parpadeó como si hablara en otro idioma. “No, imposible. Este es tu departamento”.

“Está rentado”, murmuró Mateo. “Siempre lo ha estado”.

“Pero pagas a tiempo, tienes derechos. No pueden…”

“Simplemente sí pueden. Y ya lo hicieron”.

Audriana se acercó y leyó el correo por encima de su hombro. Su cara cambió de confusión a incredulidad y luego a furia.

“Esto es por lo de anoche, ¿verdad? Tu mamá hizo esto. De alguna forma convenció al dueño”.

“No lo sé”, Mateo se frotó la cara. “Pero tengo que averiguarlo”.

Tomó su chamarra y las llaves del cadilac.