Yo no tenía dinero ahorrado, así que tomé turnos dobles durante tres meses. Comía solo tortillas con sal para ahorrar. Inventaba excusas para no comprar nada para mí. La cara de Emilio cuando le di esa bicicleta en su cumpleaños hizo que cada sacrificio valiera la pena. Eres el mejor. Papá del mundo, me dijo ese día, abrazándome con todas sus fuerzas. Guardé esas palabras en mi corazón como un tesoro. Durante su adolescencia trabajé aún más duro para que pudiera estudiar en una buena preparatoria.
Emilio era inteligente, sacaba buenas calificaciones. Yo estaba tan orgulloso. Cuando otros padres presumían los logros de sus hijos, yo presumía los de Emilio con el pecho inflado de orgullo. Mi hijo va a ir a la universidad. Les decía a mis compañeros de trabajo, va a ser alguien importante, no va a tener que romperse la espalda como yo. Y así fue. Emilio entró a estudiar administración de empresas en una universidad privada de la Ciudad de México. Fue el día más feliz de mi vida.
Yo no había podido terminar ni la primaria, pero mi hijo iba a ser un profesionista. Para pagar su educación vendí el pequeño terreno que había heredado de mis padres. Era lo único de valor que tenía, pero no lo pensé dos veces. También tomé un préstamo que sabía me tomaría años pagar. Me mudé a un cuarto más pequeño y barato. Dejé de ir al médico para ahorrar ese dinero. Mi salud podía esperar. La educación de Emilio, no. Los primeros años.
Emilio regresaba al pueblo en vacaciones. Me contaba de sus clases, de sus amigos, de todo lo que estaba aprendiendo. Yo escuchaba maravillado, sin entender la mitad de lo que decía, pero feliz de verlo crecer y progresar. Le enviaba dinero cada semana para sus gastos. A veces no me alcanzaba ni para el autobús y tenía que caminar dos horas hasta mi trabajo, pero no importaba. Emilio necesitaba comer bien, comprar sus libros, tener una vida digna en la ciudad.
Papá, no tienes que enviarme tanto me decía a veces por teléfono. Mi hijo, para eso estoy. Tú solo preocúpate por estudiar. Nunca le conté sobre las noches que me acostaba con hambre. Nunca le dije que a veces el dolor en mi espalda era tan fuerte que apenas podía moverme. Nunca le confesé que lloraba de agotamiento en las madrugadas. preguntándome si mi cuerpo aguantaría un día más, porque eso es lo que hacen los padres. Sacrificamos todo sin esperar nada a cambio, solo por ver a nuestros hijos felices o al menos.