Mi hija me escribió “Te extraño” después de un año de silencio, pero cuando llegué a su casa, una empleada me gritó que huyera de inmediato. Cinco minutos después descubrí que no me habían invitado a cenar: me habían llamado para desaparecerme y quedárselo todo…

Había transferencias preparadas, poderes notariales, borradores, testamentos falsificados con una firma que pretendía ser la mía. Todo listo para activarse en cuanto lograran lo necesario. Vi mi nombre estampado bajo letras que yo no había firmado y sentí una indignación tan pura que casi me devolvió la fuerza.

A la mañana siguiente llamé a Benjamín, mi abogado y amigo desde hacía veinte años. Usé el teléfono fijo de Beatriz por miedo a que Julián estuviera monitoreando mi celular.

Le expliqué lo esencial.

Benjamín se quedó un rato en silencio.

—Esto es grave, Margarita.

—Lo sé.

—Si tienes pruebas, debemos movernos.

—Pero con mucho cuidado. María dice que tiene contactos.

Benjamín suspiró.

—Conozco a alguien en instancias federales. No prometeré milagros, pero por lo menos no está dentro del círculo local. Mientras tanto, necesito ver esos documentos.

Le pedí que fuera a mi departamento en Guadalajara por una carpeta azul donde guardaba originales de escrituras, constancias, documentos clave.

Tres días después me llamó con la voz alterada.

—Alguien estuvo en tu departamento.

Sentí un golpe seco en el pecho.

—¿Qué?

—Todo revuelto. La ca