Bajé la vista e imité la voz tímida de Lidia.
—Sí.
Cuando la puerta metálica se cerró detrás de mí y el sol me golpeó la cara, sentí que me ardían los pulmones. Diez años. Diez años respirando aire prestado. Caminé hasta la banqueta sin mirar atrás.
—Se te acabó el tiempo, Damián Reyes —murmuré.
Parte 2 …

La casa estaba en Ecatepec, al final de una calle húmeda y triste donde los perros flacos dormían junto a las llantas de coches descompuestos. La fachada estaba descarapelada. La reja oxidada. El olor me golpeó antes de entrar: humedad, grasa rancia y algo agrio, como comida echada a perder.
No era una casa. Era una trampa.
La vi enseguida.
Sofía estaba sentada en una esquina abrazando una muñeca sin cabeza. Tenía la ropa chica, las rodillas raspadas, el cabello enredado. Cuando levantó la vista, sentí que el corazón se me partía. Tenía los ojos de Lidia. Pero no la luz.
—Hola, mi amor —dije, arrodillándome—. Ven conmigo.
No corrió a abrazarme. Se hizo hacia atrás.
Y detrás de mí sonó una voz amarga.
—Mira nada más. La princesa decidió volver.
Me giré. Ahí estaba doña Ofelia, la suegra. Bajita, pesada, con bata floreada y una mirada capaz de agriar la leche.
—¿Dónde andabas, inútil? —escupió—. Seguro fuiste a llorarle a tu hermana loca.
No dije nada.
Luego apareció Brenda, la hermana de Damián, y detrás de ella su hijo, un chamaco malcriado que vio a Sofía y le arrancó la muñeca de las manos.
—Esa cosa es mía —dijo, y la aventó contra la pared.
Sofía rompió a llorar. El niño levantó el pie para patearla.
No alcanzó.