Me llamo Nayli Cárdenas. Mi hermana gemela se llama Lidia. Nacimos idénticas, pero la vida se empeñó en tratarnos como si hubiéramos sido hechas para mundos opuestos.
Durante diez años viví encerrada en el Hospital Psiquiátrico San Gabriel, a las afueras de Toluca. Lidia pasó esos mismos diez años intentando sostener una vida que se le rompía entre las manos.
Los médicos decían que yo tenía un trastorno de control de impulsos. Usaban palabras largas: inestable, impredecible, volátil. Yo prefería una verdad más simple: siempre sentí todo demasiado fuerte. La alegría me quemaba el pecho. La rabia me nublaba los ojos. El miedo me hacía temblar las manos como si dentro de mí viviera otra persona, una más feroz, más rápida, menos dispuesta a tolerar la crueldad del mundo.
Fue esa furia la que me trajo aquí.
Cuando tenía dieciséis años, vi a un muchacho arrastrar a Lidia del cabello hacia un callejón detrás de la preparatoria. Lo siguiente que recuerdo es el sonido seco de una silla rompiéndose contra un brazo, sus gritos y la cara horrorizada de la gente. Nadie miró lo que él estaba haciendo. Todos me miraron a mí. El monstruo, dijeron. La loca. La peligrosa.
Mis padres tuvieron miedo. El pueblo también. Y cuando el miedo manda, la compasión suele salir por la puerta trasera. Me internaron “por mi bien” y “por la seguridad de los demás”. Diez años es mucho tiempo para vivir entre muros blancos y barrotes. Aprendí a medir mi respiración, a entrenar mi cuerpo hasta que el fuego se convirtiera en disciplina. Hacía lagartijas, dominadas, abdominales, cualquier cosa para no dejar que la rabia me oxidara por dentro. Mi cuerpo se volvió lo único que nadie pudo controlar: fuerte, firme, obediente solo a mí.
No era infeliz allí. Extrañamente, San Gabriel era silencioso. Las reglas eran claras. Nadie fingía quererme para luego aplastarme. Hasta aquella mañana.
Supe antes de verla que algo estaba mal.
El aire pesaba distinto. El cielo estaba gris. Cuando la puerta del salón de visitas se abrió y Lidia entró, por un segundo no la reconocí. Venía más delgada, los hombros hundidos, como si cargara una piedra invisible. Traía el cuello de la blusa abotonado hasta arriba pese al calor de junio. El maquillaje le cubría mal un moretón en el pómulo. Sonrió apenas, pero los labios le temblaron.
Se sentó frente a mí con una canastita de fruta. Las naranjas estaban golpeadas. Igual que ella.
—¿Cómo estás, Nay? —preguntó con una voz tan frágil que parecía pedir permiso para existir.
No respondí. Le tomé la muñeca. Se estremeció.
—¿Qué te pasó en la cara?
—Me caí de la bici —dijo, intentando reír.
La miré más de cerca. Los dedos hinchados. Los nudillos rojos. No eran manos de alguien que se cae. Eran manos de alguien que se defiende.
—Lidia, dime la verdad.
—Estoy bien.
Le levanté la manga antes de que pudiera impedirlo. Y sentí que algo viejo y dormido abría los ojos dentro de mí.
Tenía los brazos cubiertos de marcas. Unas amarillas y viejas. Otras recientes, moradas, hondas. Huellas de dedos, líneas de cinturón, golpes que parecían mapas del dolor.
—¿Quién te hizo esto? —pregunté en voz baja.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.