María cerró los ojos.
—Entonces consigamos que me la muestre.
La negociación se celebró en un club privado del centro, propiedad de un conocido de Ricardo. Un lugar discreto, elegante y blindado. Alonso había asegurado cada acceso.
Carmen Vega se sentó junto a María. Enfrente, Javier y Manuel.
Era la primera vez que María veía a Javier desde antes de la prisión.
Lo encontró cambiado y, sin embargo, perfectamente reconocible. Seguía vistiendo caro, pero el miedo ya había entrado a vivir en su cara. Había algo más flojo en su mandíbula, algo menos seguro en los ojos. Parecía un hombre que aún no aceptaba que su propia vida estaba empezando a oler a humo.
—¿Qué demonios quieres? —fue lo primero que dijo.
María lo miró un largo instante antes de responder.
Ya no lo amaba. Eso fue lo primero que comprendió. Ya no quedaba nada que rescatar de aquel rostro. No había dolor romántico, ni nostalgia, ni duda. Solo repulsión y una forma fría de reconocimiento: así se veía el hombre que le había arruinado la vida con voz de marido.
—Quiero ver a mi hija —dijo.
Javier soltó una risa dura.
—No tienes derecho.
—Tengo todos los derechos que me robaste.
A partir de ahí, la conversación se convirtió en una cuerda tirante.
Carmen habló de acuerdos provisionales.
Manuel exigió retirada de publicaciones, disculpas, renuncia a acciones penales.
Javier juró que María jamás obtendría la custodia.
María se mostró cansada a propósito, menos combativa de lo que se sentía. Dejó caer la idea de que podría hacer concesiones patrimoniales. Insinuó que no pretendía arrebatarle todo de inmediato. Mencionó incluso que, con Elena embarazada, tal vez Sofía estaría mejor un tiempo con ella.
Vio codicia en los ojos de Javier.
Por un instante, la casa de Lago Azul pesó más para él que su propia hija.
Manuel lo notó, claro. Lo contuvo. Negoció condiciones, tiempos, supervisión. Finalmente aceptaron un primer encuentro de dos horas, en un parque infantil, bajo la supervisión de abogados y una psicóloga infantil.