Tenía la garganta cerrada.
Pero la cabeza, extrañamente serena.
A las ocho de la mañana ya estaba sentada en el despacho de mi abogado, el licenciado Rodrigo Salazar, el único además del gestor del premio que conocía mi situación.
Sobre la mesa tenía la carpeta con la documentación del premio.
Otra con opciones de inversión.
Y una tercera con un informe inmobiliario que me hizo abrir los ojos.
Entre las propiedades destacadas aparecía, precisamente, la casa que Diego y Sofía soñaban comprar:
una residencia moderna en una urbanización exclusiva de Zapopan, con cocina abierta, alberca infinita y un jardín donde Valeria podría correr descalza.
Ellos la habían visitado dos veces…
pero no podían permitírsela ni de lejos.
Yo sí.
Rodrigo me preguntó si estaba segura.
—No quiero arruinarlos —le dije—. Quiero entender si alguna vez pensaron en mí como familia.
A media mañana ya habíamos hecho una oferta de compra al contado.
Cuando uno tiene liquidez y sabe moverse con rapidez, el mundo cambia de velocidad.
El vendedor aceptó antes del mediodía.
Firmé con una sociedad patrimonial recién creada a mi nombre, con todas las garantías legales.
No era una locura impulsiva.
Era un acto calculado.
Además, compré también un pequeño departamento luminoso para mí, cerca de la costa de Puerto Vallarta, con terraza y vista al mar.
A primera hora de la tarde, Diego empezó a llamarme.
Primero una vez.
Luego diez.
Después mensajes:
“Mamá, ¿dónde estás?”
“Valeria pregunta por ti”
“No exageres”
“Hablemos”
No respondí.
A las cinco, Sofía me escribió por primera vez en meses sin pedirme un favor:
“Esto se ha malinterpretado”.
Sonreí con una tristeza que no sabía que existía.
A las siete, el despacho de bienes raíces llamó a Rodrigo.
Diego y Sofía habían ido por tercera vez a ver la residencia porque creían que estaban cerca de cerrar un trato con un banco.
Allí les comunicaron que la casa acababa de venderse esa misma mañana.
Diego exigió saber a quién.
No se lo dijeron.
Pero insistió tanto que consiguió enterarse de que la propietaria era una mujer de apellido Hernández.
Mi apellido.
Mi teléfono volvió a vibrar sin descanso.
Llamadas.
Audios.
Mensajes desesperados.
No contesté ninguno.
Esperé hasta la noche y encendí el teléfono solo para escuchar un audio de Diego, con la voz rota, repitiendo una y otra vez que debía de haber un error.
Entonces Rodrigo me miró desde el otro lado del escritorio y dijo que aún faltaba una firma final en la entrega de llaves, una firma presencial.
Levanté la vista.
Respiré hondo.
Y supe que al día siguiente tendría que mirarlos a los ojos, justamente delante de la casa con la que habían soñado.
Y esa mañana… todo estaba listo para que la verdad dejara de esconderse.