MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

Isabel bebió con desesperación. El agua fresca un alivio celestial para su garganta en llamas. Cuando pudo recuperar el aliento, levantó la vista y vio a Valeria mirándola. En sus ojos no había preocupación, sino una chispa de victoria. El placer puro de haberla torturado y humillado frente a todos y haber salido impune. Más tarde, cuando Alejandro se levantó para atender una llamada de negocios en su despacho, Isabel se quedó a solas con Valeria en la inmensa sala. El silencio era pesado, cargado de la batalla no declarada que acababa de librarse.

Vio qué fácil es todo cuando coopera, suegra”, dijo Valeria limándose una uña con indiferencia. Usted sonríe, asiente, come lo que le sirven y se queda calladita. Así todos somos felices y nadie sale lastimado. Es un papel muy sencillo el suyo. Le sugiero que se lo aprenda bien y se acostumbre a su nuevo lugar en esta familia. Ahora, si me disculpa, voy a ver qué se le ofrece a mi prometido. Valeria se levantó y se fue, dejando a Isabel sola en el sofá de brocado, con el sabor a chile y a humillación en la boca.

y con una certeza helada en el corazón. Esto no era una cena. Había sido la primera de muchas batallas y ella las estaba perdiendo todas. La mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por los ventanales de la mansión, pintando cuadros dorados sobre las alfombras persas. Era una escena de paz y riqueza que contrastaba violentamente con la tormenta que se gestaba en el interior de Isabel. El desayuno fue una obra de teatro meticulosamente ensayada. Alejandro, rebosante de energía, hablaba de su agenda del día mientras Valeria le servía café y le untaba mermelada en el pan, desempeñando el papel de la perfecta futura esposa.

A Isabel le dirigía sonrisas dulces y le preguntaba si había dormido bien, preguntas cuyas respuestas no le interesaban en lo más mínimo. Bueno, mis amores, me tengo que ir. Tengo una junta con unos inversionistas japoneses que podría cambiar el futuro de la empresa”, dijo Alejandro poniéndose de pie y ajustándose la corbata. Se acercó a Valeria y le dio un beso largo y profundo. Luego sacó su cartera. “Toma, mi reina”, dijo entregándole una tarjeta de crédito color platino.

“Para que te vayas de compras con tus amigas y empieces a ver las cosas para la decoración de la casa. Cómprate lo que quieras, no hay límite. Te lo mereces por hacerme tan feliz. Los ojos de Valeria brillaron con una codicia que disfrazó hábilmente de gratitud. Ay, mi vida, no te hubieras molestado, pero gracias. Lo usaré con sabiduría. Luego Alejandro se acercó a su madre y le dio un abrazo fuerte y genuino. Pórtate bien, mamá. Descansa, lee un libro, pasea por el jardín.

Esta también es tu casa, quiero que la disfrutes. Te quiero mucho. Y yo a ti, mi hijo, que te vaya muy bien, respondió Isabel, aferrándose a ese abrazo como un náufrago a una tabla. Alejandro se fue. El sonido de la puerta principal cerrándose retumbó en el silencio y con ese sonido el hechizo se rompió. Valeria se quedó de pie en medio del comedor con la tarjeta de crédito en la mano. La sonrisa se desvaneció de su rostro como si nunca hubiera existido.

Isabel, que recogía su plato para llevarlo a la cocina, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que venía. Valeria no la siguió de inmediato. En su lugar, sacó su celular y marcó un número, hablando en voz lo suficientemente alta para que Isabel desde el umbral de la cocina pudiera escucharla perfectamente. Brenda, amiga, no sabes. Alejandro acaba de dejarme una tarjeta sin límite. Sí, sin límite. No, claro que no. La necesito para comprar unas cositas para la casa y quizás un bolso nuevo, el que vimos en la boutique.

Oye, ¿nos vemos para comer? Necesito un descanso de esta casa. Sí, es que es un fastidio tener que estar entreteniendo a la momia todo el día. Sí, a su mamá. Ay, es un caso perdido, amiga. Pero bueno, todo sea por asegurar el futuro, ¿no crees? Te veo a la una. Besos. Cada palabra fue un dardo envenenado. Momia. Asegurar el futuro. Isabel entró en la cocina con el corazón martillándole en el pecho. Fue directamente a su pequeño rincón, su santuario, buscando la normalidad de su café soluble y sus galletas.

Necesitaba ese pequeño ritual para anclarse, para recordar quién era. Valeria entró en la cocina. segundos después, moviéndose con una arrogancia depredadora, se recargó en el marco de la puerta cruzada de brazos. “Sabe Isabel”, dijo, “su voz era ahora un látigo. He decidido que ya ni siquiera la voy a llamar suegra. Es un título de respeto y cariño, y usted y yo no tenemos ni lo uno ni lo otro. Usted no se ha ganado ese derecho para usted.