Teresa llenó el patio de plantas.
Y Don Ricardo, cada mañana, abría la puerta principal con la misma idea en la cabeza:
que nadie que hubiera dado su vida por amor merecía terminar sus días sintiéndose basura.
A veces, en las noches, Teresa lloraba en silencio.
No por el desierto.
Ni por la sed.
Sino por los dos niños que un día había abrazado con fiebre, cuidado en pobreza y amado sin medida.
Esos niños ya no existían.
O quizá sí.
Quizá seguían allí, enterrados debajo de la ambición, del miedo y de la miseria moral que eligieron.
Pero ella dejó de buscarlos.
Porque entendió algo terrible y liberador al mismo tiempo:
hay hijos que nacen del cuerpo…
y otros que se pierden del alma mucho antes de desaparecer de la casa.
Y aquella tarde en el desierto, cuando pensaron que iban a morir solos, en realidad acababan de descubrir la verdad que les salvaría la vida.