—No. No nos llames así si venías a rematarnos.
Luis endureció la mandíbula.
—No entiendes nada.
—Explícame —dijo Don Ricardo—. Explícame cómo un hijo decide dejar morir a quienes lo alimentaron.
Luis bajó la mirada apenas un segundo.
Y ese segundo bastó para mostrar lo que había debajo.
Miedo.
Desesperación.
Y algo más oscuro.
—No tenía salida —dijo—. Debía dinero. Mucho. Ustedes tenían la casa, el terreno, las escrituras. Mariana y yo ya habíamos firmado con esa gente.
—¿Qué gente? —preguntó Teresa desde abajo.
Mariana se derrumbó.
—Una red. Buscan ancianos solos. Les prometen a los familiares una parte. Les consiguen abogados, papeles, compradores. Si todo sale limpio, pagan. Si no… desaparecen a todos.
Eulalia subió detrás de ellos con la lámpara en alto.
—Y hoy pensaban llevarse mis pruebas.
Luis la miró con odio.
—Tú debiste morir hace años.
Mariana soltó un gemido.
Teresa cerró los ojos como si esa frase la hubiera apuñalado.
Pero Eulalia no tembló.
—Y tú debiste recordar quién te enseñó a caminar.
De pronto, a lo lejos, se oyó otro motor.
Luego otro.
Y otro más.
No eran ecos.
Eran camionetas.
Luis giró hacia la puerta.
La sangre se le fue del rostro.
—No…
Eulalia levantó el teléfono satelital.
—Sí.
Sirenas.
En medio del desierto.