—Hace dos días logré enviar un mensaje a una patrulla rural. Les di coordenadas. Les dije que hoy regresarían por documentos escondidos. Pero si no llegan a tiempo…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Mariana empezó a llorar arriba.
—Luis, por favor… esto ya está mal.
—Cállate. Ya firmaron todo. Si los encontramos vivos, nos arruinan.
Don Ricardo sintió que algo dentro de él se rompía.
No con ruido.
No con ira.
Con una clase de dolor más honda.
El dolor de descubrir que el hijo al que cargó sobre sus hombros se había convertido en un extraño.
Y que ese extraño estaba dispuesto a enterrarlos.
Entonces hizo algo que Teresa no esperaba.
Se enderezó.
Secó su rostro.
Y cerró la carpeta.
—No voy a esconderme más.
Teresa lo miró horrorizada.
—Ricardo, no.
Él volteó hacia ella.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero también de una firmeza que ella no veía desde hacía años.
—Nos robaron la vejez, Teresa. No les voy a regalar también la verdad.
Antes de que pudiera detenerlo, Don Ricardo caminó hacia la escalera.
Luis ya había levantado la trampilla medio palmo cuando una voz surgió desde abajo.
La voz de su padre.
Firme.
Clara.
Imposible de confundir.
—No des un paso más, hijo.
Hubo un silencio brutal.
Luego la tapa se abrió del todo.
La luz del atardecer cayó sobre el rostro de Luis.
Estaba pálido.
Sudando.
Con una llave inglesa en la mano.
Mariana estaba detrás de él, llorando.
Al ver a sus padres vivos, retrocedió como si hubiera visto fantasmas.
—Papá… mamá…
Don Ricardo subió un escalón.