Chema corrió y abrazó las piernas de Rosaura.
—¡Sí, quédate con nosotros! —gritó el niño, riendo—. ¡Lupita es mi hermanita ahora!
Rosaura miró al niño, luego a la bebé en sus brazos, y finalmente al hombre que las había rescatado del abismo. Ya no había rastro de la mujer asustada que mendigaba pan en la nieve. Ahora había una madre fuerte, rodeada de la familia que la vida le había regalado como recompensa a su sufrimiento.
Con una sonrisa que iluminó toda la sierra, Rosaura asintió.
—Nos quedamos —respondió.
Habían sobrevivido a la crueldad, al frío y a la maldad humana. En aquel rincón remoto de Chihuahua, donde el dolor amenazaba con destruirlo todo, se había forjado algo irrompible. No era lástima, no era caridad. Era una familia unida por las cicatrices, el amor y el coraje. Y esta vez, ni todo el poder ni toda la maldad del mundo podrían arrebatárselos jamás.