Llegó temprano a casa ese día y vio algo que no esperaba.

—Quiero disculparme —dijo él, levantándose—. Lo de ayer fue imperdonable.

Miriam lo miró en silencio.

—No solo me despidió, señor. Me humilló frente a tres niñas que habían aprendido a confiar en mí.

Guillermo bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Les enseñó que querer a alguien es peligroso. Que cuando uno se siente amenazado, lastima.

Él sintió el golpe de cada palabra.

—Por favor, regrese. Ellas la necesitan.

Miriam sacudió la cabeza.

—Sus hijas lo necesitan a usted. Empiece por ahí.

Y se fue.

Guillermo no soportó quedarse quieto. Esa misma tarde le pidió a Marta la dirección de Miriam y manejó hasta Iztapalapa. El edificio era modesto, con pintura descascarada y escaleras angostas. Un adolescente abrió la puerta.

—¿Sí?

—Busco a Miriam.

El muchacho lo reconoció enseguida.

—Usted es el tipo que la hizo llorar.

Guillermo tragó saliva.

—Sí. Vengo a pedir perdón.

La puerta se cerró en su cara.

Volvió al día siguiente. Esta vez lo recibió la hermana de Miriam en casa de una tía, en otra colonia más al sur. Cuando Miriam apareció en la puerta y lo vio, se quedó inmóvil.

—¿Qué quiere ahora, señor Salas?

Él le mostró una caja de cartón pequeña.

—Marta encontró esto debajo de la almohada de Mariana.

Miriam dudó, pero tomó la caja.

Dentro había tres dibujos. Una mariposa amarilla. Un arcoíris. Tres figuras de palitos tomadas de la mano con otra mujer de cabello rizado. Y una nota escrita en crayón:

Miss Miriam, por favor regrese. La queremos mucho.

Miriam se llevó la mano a la boca y empezó a llorar.

Guillermo habló despacio.

—No vengo como su patrón. Vengo como un padre que falló. Ellas volvieron al silencio. Ya hablan entre ellas, pero no creen en mí. Y tienen razón. Les enseñé que yo siempre me voy.

Miriam apretó la caja contra el pecho.

—¿Entiende lo que me costó que confiaran?

—Ahora sí.

Ella lo miró con los ojos húmedos.

—Si regreso, no será para seguir arreglando el desastre mientras usted se escapa otra vez. Tiene que quedarse. Desayunos, noches difíciles, cuentos, llantos, escuela, todo. No a medias.

Guillermo respiró hondo. Por primera vez en años, no respondió como empresario. Respondió como hombre derrotado.

—No sé si sé hacerlo. Pero quiero aprender.

Miriam lo sostuvo con la mirada durante un largo momento.

—Entonces empiece hoy.

Él volvió a casa con la caja en el asiento del copiloto. Les enseñó los dibujos a las niñas. Les dijo que Miriam los había visto. Les dijo que las extrañaba. Y, por primera vez, se sentó en el piso con ellas y habló sin intentar arreglar nada.