Llegó temprano a casa ese día y vio algo que no esperaba.

—Estás despedida.

La palabra cayó como un disparo.

Miriam cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas, pero no suplicó.

—Sí, señor.

Pasó junto a él con la espalda recta y la dignidad intacta. Las niñas no emitieron ni un sonido. Bajaron de la barra lentamente, se tomaron de la mano y salieron de la cocina con el rostro vacío.

Guillermo alcanzó a ver algo que le heló la sangre: miedo.

Sus hijas le tenían miedo.

Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, la casa volvió a quedar en silencio.

El mismo silencio muerto de siempre.

Guillermo se dejó caer en una silla. Miró los vestiditos doblados, la harina en el tazón, la luz brillante en el piso. Todo lo que había parecido cálido un minuto antes ahora le resultaba acusador.

—¿Qué hice? —murmuró, con la voz rota.

Esa noche, en el despacho, se sirvió whisky y ni siquiera lo tocó. Miró una foto de Catalina cargando a las tres recién nacidas. Sonriendo. Completa.

Tocaron a la puerta.

—Pase —dijo sin fuerza.

Marta entró y lo observó en silencio.

—Estaban hablando, señor.

Guillermo levantó la mirada.

—¿Qué?

—Las niñas. Con Miriam. No fue solo hoy. Llevan seis semanas hablando. Cantando. Contando historias. Riéndose.

El vaso se inclinó y el alcohol se derramó sobre el escritorio. Él ni siquiera intentó limpiarlo.

—¿Seis semanas?

—Sí, señor. —La voz de Marta era serena, pero dura—. No se lo dijimos porque usted nunca estaba.

Guillermo se cubrió el rostro con las manos.

—Dios mío… yo lo destruí.

—Sí, señor. Lo hizo.

Las palabras dolieron porque eran verdad.

—¿Qué clase de padre soy?

Marta dio un paso al frente.

—Uno que todavía puede decidir si quiere seguir huyendo o empezar a quedarse.

A la mañana siguiente, Guillermo hizo llamar a Miriam. Ella entró al despacho con el uniforme puesto y las manos entrelazadas. Ya no tenía miedo. Solo distancia.