“¡LEVÁNTATE YA, DEJA DE FINGIR…!”, gritó mi marido mientras yo yacía paralizada en la entrada de la casa. Su madre me acusó de arruinarle el cumpleaños y de buscar atención. Pero cuando una paramédica me examinó las piernas, llamó de inmediato a la policía para pedir refuerzos.

—Llama a la policía. Necesito apoyo aquí, ya.

Y entonces el silencio se volvió insoportable.

La ambulancia se llevó mi cuerpo como si fuera de cristal, pero en mi cabeza todo era un torbellino. Desde la camilla, veía la entrada de casa y, a lo lejos, a Javier discutiendo con un agente que acababa de llegar. Carmen agitaba las manos, indignada, como si el verdadero crimen fuera que la fiesta se hubiese interrumpido.

En urgencias me hicieron radiografías, una resonancia y pruebas neurológicas. El diagnóstico preliminar fue una lesión en la columna lumbar con posible afectación nerviosa. El médico explicó que el golpe había sido “mal colocado”: no el más fuerte, pero sí el suficientemente exacto como para dejarme sin movilidad. Yo solo pensaba en la mirada de Javier cuando me gritó. No era preocupación. Era rabia.

Dos policías entraron a mi box. Me preguntaron, con una delicadeza que agradecí, si alguien me había empujado. Yo dije que me había resbalado, pero una duda me pinchó por dentro: antes de salir, había notado a Javier nervioso; me había apurado, me había hablado con tono seco. Y, lo más raro, la puerta del garaje estaba entreabierta, como si alguien hubiera estado entrando y saliendo con prisa.