La fiesta de cumpleaños de Javier debía ser sencilla: una barbacoa en el patio, sus amigos del trabajo, y la tarta que su madre, Carmen, insistió en traer “para que todo saliera como Dios manda”. Yo, Marta, llevaba dos días sin dormir bien por el estrés de cerrar cuentas en la oficina, pero aun así me empeñé en que la casa se viera impecable. A las seis, la música ya sonaba y las risas llenaban el salón. Javier se movía entre los invitados como si fuera el anfitrión perfecto… mientras yo iba y venía con bandejas, hielo y vasos.
Carmen me seguía con la mirada, evaluando cada gesto. “No cortes el pan así”, “esa ensalada está sosa”, “¿de verdad vas a servir vino en esas copas?”. Yo apretaba los dientes. No era el día para discutir.
Al caer la tarde, Javier me pidió que sacara una caja del maletero. “Está en el coche. Rápido, que van a cantar el cumpleaños”, dijo sin mirarme. Salí a la entrada. El suelo del garaje estaba húmedo; había caído una botella de agua y no lo vi. Di un paso, resbalé y caí de espaldas. Sentí un golpe seco en la zona lumbar y, en un segundo, el aire se me fue del pecho.
Intenté incorporarme… pero mis piernas no respondieron. Era como si no existieran. Moví los dedos de las manos, sí. Pero de cintura para abajo, nada. Me invadió un pánico frío.