A unos metros de mí había un hombre joven con uniforme de mensajería. Treinta y tantos, quizás. Delgado. Pálido. Miraba en todas direcciones como si temiera que alguien lo estuviera siguiendo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, tragó saliva y se acercó.
—¿Don Eduardo Herrera?
—Sí.
Se humedeció los labios.
—¿Usted es el padre de Bruno Herrera?
Sentí que el corazón me daba un golpe seco.
—Sí. ¿Pasó algo?
El hombre miró por encima de mi hombro, hacia la gente, hacia los puestos, hacia la calle.
Luego me puso un paquete marrón entre las manos.
—No puedo seguir guardando esto —susurró—. Ya no. Usted tiene que verlo solo.
—Espere, ¿quién es usted? ¿Qué pasó con mi hijo?
—Me llamo Damián Soto. Hago entregas. Yo… yo lo vi.
Le temblaban las manos igual que la voz.
—La verdad importa, don Herrera. Pase lo que pase, la verdad importa.
Y antes de que yo pudiera detenerlo, se perdió entre la multitud del sábado como si llevara el miedo metido en los huesos.
Me quedé inmóvil con el paquete en las manos, mientras a mi alrededor seguían pesando tomates, cortando queso y regateando aguacates, como si el mundo no acabara de inclinarse para siempre.
II. Lo que había dentro
No puse la radio durante el camino de regreso.
El paquete descansaba en el asiento del copiloto y yo sentía su presencia como si fuera un animal vivo, respirando quedamente a mi lado. Los quince kilómetros hasta el rancho se me hicieron más largos que cualquier carretera que hubiera recorrido en mi vida. Cada curva parecía llevarme no a mi casa, sino a otra versión de mi vida en la que algo oscuro me estaba esperando con paciencia.
Cuando entré, el silencio me golpeó en la cara. El mismo silencio que me había acompañado desde la muerte de Rosa, pero esa mañana tenía otra textura. Ya no era solo duelo. Era presagio.
Puse el paquete sobre la mesa de la cocina. La misma mesa donde Bruno hacía la tarea cuando era niño. La misma donde Rosa amasaba pan cada domingo, dejándome robarle pedacitos de masa como si yo también siguiera siendo muchacho. Durante un momento no fui capaz de abrirlo. Me serví un vaso de agua. Me senté. Lo miré.
Luego rasgué el papel.