Aquel viernes, mientras escuchaba a mi nieta respirar hondo para no llorar delante de su madre, recordé a Rosa en su último invierno. Demacrada por la quimioterapia, con las manos transparentes sobre las sábanas, diciéndome en voz baja:
—No me gusta cómo mira Valeria a Bruno cuando cree que nadie la ve.
Yo le respondí que estaba cansada, enferma, demasiado sensible. Le dije que las suegras y las nueras a veces no se entendían. Le dije cualquier cosa que me evitara mirar de frente aquello que mi esposa sí se atrevía a ver.
Esa noche, mientras Valeria recogía a los niños y se despedía con su sonrisa de siempre, Inés se volvió hacia mí en el porche.
—Abuelo —me preguntó—, ¿tú crees que mi papá todavía se acuerda de nosotros?
No supe qué decir.
Le acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y le mentí igual que todos los demás.
—Claro que sí, princesa.
Dormí poco. Me quedé en la mecedora hasta después de la medianoche, escuchando los grillos y mirando la oscuridad donde antes Rosa venía a sentarse conmigo. El rancho parecía contener la respiración. A veces el silencio de una casa no es ausencia; es una advertencia. Pero yo llevaba demasiado tiempo haciendo como que no escuchaba.
A la mañana siguiente seguí mi rutina de siempre. Me puse la camisa de mezclilla, las botas viejas y la chamarra de lana. Conduje al mercado de agricultores de Valleverde como lo había hecho casi todos los sábados de los últimos treinta años. El aire olía a manzana recién cortada, a canela, a café hirviendo en termos de acero. Doña Marta ya estaba acomodando sus jitomates. Los hermanos Salcedo descargaban costales de naranjas. La banda municipal ensayaba a lo lejos una canción que se mezclaba con el murmullo de la gente.
Yo había aprendido a sobrevivir gracias a esas costumbres mínimas. Elegir verduras. Saludar vecinos. Fingir que la vida todavía era comprensible.
Estaba revisando unas manzanas rojas cuando sentí una mirada encima. De esas que no se confunden. Me volví despacio.