La Viuda Aceptó Una Casa Chueca Como Pago De Su Patrona — Pero La Razón De Que Estuviera Chueca…

No podía seguir posponiendo esto. Necesitaba saber qué había en ese cuarto. Necesitaba entender por qué doña Estela le había dado algo tan valioso. La puerta estaba exactamente como la había dejado la noche anterior, cerrada con el candado en el suelo. Isabela encendió las tres velas, acomodó dos en el piso del pasillo para tener luz de respaldo y sostuvo la tercera con mano firme. Luego empujó la puerta. Esta vez se abrió sin resistencia, como si el cuarto hubiera aceptado que finalmente sería revelado.

La luz de la vela penetró la oscuridad y lo que Isabela vio la dejó sin aliento. El cuarto era más grande de lo que esperaba, tal vez de 5 por 6 m, pero cada centímetro estaba ocupado. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera oscura y en esas estanterías había todo. objetos apilados con cuidado meticuloso, protegidos con telas, organizados por categorías que revelaban la mente ordenada del abuelo de doña Estela. Isabela dio un paso adelante, levantando la vela para ver mejor.

Su respiración se aceleró. En la estantería más cercana había pinturas religiosas enmarcadas, vírgenes coloniales con alos dorados, santos con expresiones serenas, cristos tallados en madera antigua. Isabela reconoció el estilo, aunque no sabía mucho de arte, pero incluso ella podía ver que eran viejas, muy viejas, siglos de antigüedad. Más allá, en cajas de madera con cerraduras de bronce, había libros. Cientos de libros. Isabela abrió una caja con cuidado y sacó el volumen superior. Era un libro enorme con tapas de cuero repujado y páginas amarillentas por el tiempo.

El título estaba en español antiguo, casi ilegible, pero alcanzó a distinguir una fecha, 1683, 342 años de antigüedad. siguió avanzando con las piernas temblando. En el centro del cuarto había baúles de hierro con candados que también estaban abiertos, como si doña Estela hubiera querido que Isabela pudiera acceder a todo sin dificultad. Se arrodilló frente al primero y lo abrió. Monedas, cientos, tal vez miles de monedas de plata brillaban a la luz de la vela como estrellas diminutas.

Isabela tomó una con dedos temblorosos. Era pesada, fría. Tenía grabado un escudo y letras que no podía leer bien, pero sabía que esto era plata pura de las minas coloniales. El segundo baúl contenía joyas, collares de perlas enormes, anillos con piedras preciosas que lanzaban destellos de colores cuando la luz de la vela las tocaba, pulseras de oro trabajado, broches antiguos con diamantes incrustados. Isabela no sabía nada de joyería, pero incluso ella podía ver que estos objetos no eran simples adornos, eran tesoros históricos.