Los niños se amontonaron alrededor con los ojos brillantes de emoción. Isabela sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse. “Señora, no tenía que sí tenía que, interrumpió doña Estela con firmeza. Y no me llames, señora. Llámame Estela. Ya no trabajas para mí. Ahora eres una amiga. La palabra quedó suspendida en el aire, extraña y nueva para ambas, pero también verdadera. Doña Estela entró a la casa y la recorrió con ojo crítico. Cuando llegó al pasillo que conducía a la puerta cerrada, se detuvo.
Su rostro se puso serio. “¿Ya intentaste abrirla?”, preguntó sin apartar la mirada de la puerta. No tengo la llave y el candado está muy viejo. Necesitaría herramientas para romperlo. Doña Estela metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una llave pequeña oscurecida por el tiempo. La sostuvo frente a Isabela como si estuviera entregando algo sagrado. Esta es la llave, dijo con voz suave. Pero antes de que abras esa puerta, necesito explicarte algunas cosas. Podemos hablar a solas.
Isabela le pidió a Emiliano que cuidara de sus hermanos y siguió a doña Estela al pórtico. Se sentaron en las escaleras torcidas mientras la lluvia caía con fuerza, creando un manto de privacidad a su alrededor. Doña Estela respiró hondo antes de hablar. Mi abuelo, Cornelio Mendoza, construyó esta casa hace más de 90 años. Era un hombre muy rico, pero también muy cauteloso. No confiaba en los bancos, no confiaba en nadie en realidad. Así que decidió guardar su fortuna de una manera particular.
Isabela escuchaba en silencio, con el corazón latiendo más rápido. Durante años, mi abuelo fue acumulando objetos de valor, arte colonial, esculturas religiosas antiguas, joyas de la época de la revolución, monedas de plata de las minas de Zacatecas, documentos históricos, libros raros, cosas que hoy valen fortunas. lo guardaba todo en ese cuarto y el peso de tantos objetos después de décadas fue lo que hizo que la casa se inclinara de esa forma. Isabela sintió que el mundo se detenía a su alrededor.
El sonido de la lluvia se volvió distante. Su voz apenas era un susurro cuando habló. Está diciendo que que dentro de ese cuarto hay una fortuna, completó doña Estela. una fortuna que mi abuelo dejó en herencia a mi abuela, que luego pasó a mi padre, que luego pasó a mí, pero yo nunca la saqué de ahí, nunca la vendí. La dejé en ese cuarto todos estos años porque sabía que si mi familia se enteraba del verdadero valor de lo que había dentro, me matarían para quedárselo.