El aire se llenaba del aroma dulce del maíz cocido y el picante de las salsas caseras. Era su sustento, su orgullo.
A su lado, Sofía, su nieta de apenas cinco años, reía. Su risa era un cascabel, la melodía más pura que Don Pedro conocía. Jugaba con su muñeca de trapo, sentada en una pequeña silla plegable que él siempre llevaba para ella.
“Abuelito, ¿puedo probar un poquito de crema?”, preguntó Sofía, sus ojos grandes y curiosos brillando bajo el flequillo oscuro.
Don Pedro sonrió, un gesto que le iluminaba el rostro cansado. “Claro que sí, mi cielito. Pero solo un poquito, ¿eh? Que no se te vaya a manchar el vestido nuevo”.
La niña asintió con seriedad, estirando su mano para tomar una cucharadita de la crema espesa. Era un ritual diario, un pequeño placer en medio de la lucha por sacar el día.
El sol empezaba a teñir el cielo de naranjas y púrpuras, pintando un cuadro de aparente paz. Los clientes iban y venían, saludando a Don Pedro con respeto y afecto. Era una figura querida en el barrio.
De repente, un rugido de motor rompió la calma. Una camioneta pick-up negra, con las ventanas polarizadas, se detuvo bruscamente, chirriando las llantas.
La música a todo volumen, una cumbia estridente, vibraba en el asfalto.
Don Pedro sintió un escalofrío. Esos no eran los clientes habituales. Eran jóvenes, tres de ellos, con gorras viradas y sonrisas burlonas.
Bajaron de la camioneta con una arrogancia descarada. Sus miradas se clavaron en Don Pedro y su humilde carrito.