Asentí.
—Porque es casa.
Caminamos juntos por el camino de tierra. El mismo de siempre. El que conocía de memoria. El que me vio crecer.
Nada había cambiado.
Y, sin embargo…
todo era distinto.
Me detuve un segundo.
Miré alrededor.
Luego a él.
Y entendí algo que nunca había tenido tan claro.
Había perdido una boda.
Había dejado atrás una vida que parecía perfecta.
Pero había ganado algo mucho más importante.
A mí misma.
Tomé su brazo otra vez.
—Vamos, papá.
Seguimos caminando.
Sin oro.
Sin vestido.
Sin promesas vacías.
Pero con algo que nadie pudo quitarnos.
Dignidad.
Y eso…
eso siempre sería suficiente.