Hubo un silencio largo.
—¿Quieres que esté contigo cuando lleguen?
Miré el ataúd abierto al fondo de la sala, el arreglo de flores blancas y la foto que había escogido: mi abuelo en el taller, con el overol manchado de grasa, sonriendo con todos los dientes.
—Necesito que estés conmigo cuando lleguen.
—Entonces no me muevo de tu lado.
Colgué y salí a sentarme en la banqueta de la funeraria. El sol de Puebla ya empezaba a pegar con esa fuerza seca que calienta el concreto desde temprano. Un perro callejero vino a echarse junto a mis botas. Le rasqué detrás de las orejas.
—Tú sí sabes quedarte —le dije.
El teléfono vibró otra vez.
Esta vez era el licenciado Fuentes, el notario de mi abuelo.
—Rodrigo, lamento mucho tu pérdida. Tu abuelo dejó instrucciones muy claras. Necesito verte después del funeral. Hay un testamento… y una carta para ti.
—¿Para mí?
—Solo para ti.
Me quedé viendo la calle.
En los últimos meses, cuando la diabetes ya le estaba ganando la pelea, mi abuelo a veces me agarraba la muñeca con esa fuerza vieja que todavía le quedaba y me decía:
—Ya está todo arreglado, mijo. No dejes que nadie te quite lo tuyo.
Yo pensaba que hablaba delirando. Que mezclaba recuerdos. Que el dolor le estaba revolviendo el tiempo por dentro.
Ahora entendía que no deliraba.
Estaba planeando.
Antes de seguir con el funeral y con la llegada de mis padres, tengo que contar algo que en mi familia siempre fingieron no ver: el abandono no empezó el día de la maleta. Empezó mucho antes, solo que primero fue invisible.
Yo era el mayor de dos hermanos. Sebastián nació cuando yo tenía dos años. Desde que tengo memoria, él fue el hijo que iluminaba los cuartos cuando entraba. Yo era el que los ensuciaba, según mi madre.
Él sacaba dieces; yo sietes y ochos.
Él tocaba melodías; yo desarmaba licuadoras para ver cómo funcionaban.
Él era callado; yo hacía preguntas.
Él no discutía; yo pedía explicaciones.
En una familia sana, eso serían diferencias.
En la mía, eran pruebas de valor.
Mi madre empezó a compararnos en voz alta cuando yo tenía once años.
—¿Por qué no puedes ser como tu hermano?
Lo decía mientras revisaba mis boletas, mientras me servía de cenar, mientras yo barría el patio, mientras escuchábamos a Sebastián practicar piano en la sala y ella cerraba los ojos como si estuviera criando a Mozart en un fraccionamiento de Guadalajara.
—Yo también estudio —le decía.
—Pues no se nota.
Mi padre era distinto. Más cobarde, quizá. No me gritaba. Me ignoraba. Y a veces eso dolía más. Si Sebastián entraba a contar algo de la escuela, mi padre dejaba el celular, se quitaba los lentes, sonreía, preguntaba detalles. Si entraba yo, seguía deslizando el dedo en la pantalla como si mi voz viniera de otro cuarto.
Una Navidad, cuando yo tenía trece años, entendí algo que me dio vergüenza entender.