En la sala no se escuchaba ni una respiración. El video mostraba cómo Valentina entraba sigilosamente al cuarto de servicio de Margarita, abría su armario y, con movimientos rápidos y calculados, sacaba el brillante collar de diamantes del bolsillo de su bata para esconderlo entre la ropa humilde de la cocinera. Antes de salir, el micrófono captó su susurro lleno de veneno: “Esa mujer no puede seguir en esta casa… sabe demasiado”.
La pantalla se fue a negro. El impacto fue devastador.
Margarita rompió a llorar, pero esta vez sus lágrimas no eran de desesperación, sino de un alivio profundo, catártico. Alguien, finalmente, había visto la verdad.
—¡Ese video es falso! —chilló Valentina, perdiendo los estribos y señalando a su propia hija—. ¡Es un montaje! ¡La niña no sabe lo que hace, está manipulada!
—¿Una niña de once años fabricó un video tan perfecto a las tres de la madrugada, señora Maldonado? —cuestionó el fiscal Torres con ironía, mirándola fijamente—. Usted acaba de ser captada plantando evidencia falsa para arruinarle la vida a una inocente.
El juez Fuentes, desesperado por proteger a su cómplice, golpeó el mazo intentando declarar un receso, pero el fiscal Torres no había terminado. Había estado investigando por su cuenta, juntando las piezas de un rompecabezas podrido. Sacó de su maletín un sobre manila grueso y lo alzó frente a todos.