Esperanza dio el paso final, con una sonrisa que no necesitaba traducción.
—¿Podemos ser tus amigas?
El aire desapareció del pecho de Valentina.
No había intérprete.
No había mirada incómoda.
No había susurros.
Solo cuatro niñas comunicándose en el mismo idioma invisible.
Melodía parpadeó, incrédula.
Sus manos temblaron antes de responder.
—¿Ustedes… saben señas?
Las tres asintieron al mismo tiempo.
—Nuestra mamá era sorda —firmó Lilia—. Nos enseñó desde bebés.
Algo cambió en el rostro de Melodía. Algo que Valentina no veía desde hacía años.
Esperanza dio un paso más.
—¿Te gusta el pastel de chocolate? Nosotras tenemos uno.
Melodía miró a su madre.
Valentina no podía hablar. Tenía la garganta cerrada.