Javier las acercó a las tres.
—Ella querría que fueran felices más que nunca hoy. Las conoció cada segundo que estuvo con ustedes. Las amó. Y les dio la vida a propósito. Por eso celebramos.
Sara había sido sorda desde nacimiento.
Javier aprendió Lengua de Señas Mexicana en la universidad, sin imaginar que se enamoraría de la hija de su maestra.
Se casaron jóvenes. Quedó embarazada de trillizas. El embarazo fue complicado.
Y al final, Sara tomó la decisión.
“Salva a mis niñas. Prométeme que les enseñarás a señar. Prométeme que me conocerán.”
Javier cumplió su promesa.
Sus hijas dominaban la lengua de señas. Podían alternar entre hablar y señar con la misma naturalidad con que respiraban. Conocían a su madre por historias, por videos, por el lenguaje que ella les heredó.
—¿Podemos hacer algo bueno por alguien hoy? —preguntó Lilia de pronto—. Mamá decía que la mejor forma de sentirse mejor es hacer sentir mejor a alguien más. Y es nuestro cumpleaños. Deberíamos compartir algo bueno.
Javier sonrió.
—Esa es una idea maravillosa…
Javier levantó la mirada, siguiendo la dirección en la que Lilia estaba observando.
—¿A quién podemos hacer sentir mejor? —preguntó con suavidad.
Las tres niñas miraron alrededor del restaurante con curiosidad infantil… hasta que los ojos de Esperanza se detuvieron en algo.
—Papá… —susurró, tocándole el brazo—. Esa niña.
Javier giró la cabeza discretamente.
En el reservado junto a la ventana, vio a una mujer elegante, de postura impecable, pero con los hombros vencidos por un peso invisible. Frente a ella, una niña de cabello claro jugaba con su comida sin interés.
—Está triste —firmó Graciela de inmediato.
Las tres cambiaron instintivamente a Lengua de Señas Mexicana, como hacían cuando hablaban de cosas importantes.
—No habla —añadió Lilia—. Nadie le habla.
Javier observó con más atención. La niña movía las manos con precisión. Reconoció de inmediato la estructura, la fluidez.
—Ella está señando —susurró sorprendido.