No era un simple dolor.
Era otra cosa.
Algo que venía de afuera… no de su cuerpo.
Al amanecer, Rosa ya había tomado una decisión.
No podía quedarse de brazos cruzados.
No después de lo que había visto… de lo que había sentido.
Esperó el momento perfecto.
Cuando la casa quedó en silencio… cuando Valeria salió para una cita de la boda… y el señor Esteban se encerró en su despacho.
Entonces, con el corazón latiéndole en la garganta… Rosa entró al cuarto de Camila.
La niña dormía.
Respiraba despacito… como si cada aliento le costara.
Rosa se acercó a la mesa de noche.
Ahí estaban.
Los frascos.
Sin etiquetas.
Sin nombres.
Sin explicación.
—Diosito… ayúdame —susurró.
Tomó uno. Un líquido rosado, espeso.
Sacó un pequeño frasquito vacío que había guardado desde la cocina… y vertió unas gotas.
Las manos le temblaban.
Sabía que si alguien la descubría… todo se acabaría.
Pero lo hizo.
Guardó la muestra en su delantal… y salió sin hacer ruido.
Esa misma tarde, hizo una llamada.
A su primo Javier, que trabajaba en un laboratorio en la ciudad.
—Es urgente… por favor… —le dijo casi llorando.
Pasaron tres días.
Tres días eternos.
Cada hora… cada minuto… parecía no avanzar.
Mientras tanto, Camila empeoraba.
Ya casi no comía.
Ya casi no hablaba.
Solo miraba a Rosa… como si supiera que ella era su única esperanza.
Y Valeria…
Valeria observaba.
Cada vez más.
Sus ojos seguían a Rosa por la casa.
Sus preguntas eran más directas.
—¿Todo bien con la niña?
—Sí, señorita…
—¿Seguro?
Rosa sentía el peligro.