La Hija del Magnate Susurró: “Me Quema el Estómago”… Y La Empleada Descubrió Algo Que Nadie Debía Saber.

Siempre la misma respuesta.

Siempre la misma cara de derrota.

Cada noche, Esteban se sentaba junto a la cama de Camila, tomándole la mano.

—Perdóname, mi niña… —susurraba—. No sé cómo ayudarte…

Y entonces ella, medio dormida, murmuraba algo que le rompía el alma:

—Mamá…

Pero su mamá ya no estaba.

Murió al darla a luz.

Y desde entonces, Esteban había criado a su hija solo… hasta que apareció Valeria Montes.

Hermosa. Elegante. Inteligente.

Una mujer que parecía perfecta.

Había trabajado en la industria farmacéutica. Sabía de medicinas. Y poco a poco… fue tomando el control de todo lo relacionado con la salud de la niña.

—Déjamelo a mí —le decía con una sonrisa suave—. Yo sé lo que hago.

La boda estaba a un mes.

Un evento enorme en Valle de Guadalupe. Invitados importantes. Todo perfecto.

O al menos… eso parecía.

Porque dentro de esa casa…

Algo no estaba bien.

Las enfermeras renunciaban sin explicación.
Las empleadas no duraban ni semanas.

Y entonces llegó Rosa Martínez.

Una mujer sencilla. De manos trabajadas. Con una cruz colgada al cuello y una tristeza escondida en los ojos.

Había perdido a su hijo años atrás.

Y cuando escuchó que una niña estaba enferma… algo dentro de su corazón le dijo que tenía que ir.

El primer día que vio a Camila…

Se le rompió el alma.

La habitación era hermosa… como de princesa.

Pero la niña en la cama…

Parecía un fantasma.

—Hola, mi niña… —le dijo Rosa, acercándose despacito.

Camila abrió los ojos con esfuerzo.

—¿Eres un ángel?…