PARTE 2

Isabella se detuvo en la entrada de la cocina con una expresión que nadie había visto en meses, una mezcla de curiosidad y una calma inesperada que hizo que todos los presentes contuvieran la respiración. Sus ojos, que antes estaban apagados y cansados, ahora seguían cada movimiento de Elena mientras ella removía el arroz rojo con una cuchara de madera. El aroma llenaba cada rincón de la mansión, envolviendo el ambiente con una sensación de hogar que parecía ajena a aquel lugar lleno de lujo frío.
Elena levantó la mirada y vio a la niña. No mostró sorpresa ni nerviosismo. Sonrió con una dulzura natural, como si hubiera estado esperando ese momento desde que cruzó la puerta de la casa. Con voz suave, le habló en español, aunque sabía que Isabella no entendería todas sus palabras.
“Ven, pequeña. No tengas miedo. Aquí hay algo hecho con cariño para ti.”
Isabella no entendió cada palabra, pero comprendió la intención. Dio un paso adelante. Luego otro. Nadie se atrevió a moverse. Alejandro observaba desde la puerta, con el corazón latiendo con fuerza, temiendo que cualquier gesto brusco rompiera aquel instante frágil.
Uno de los sirvientes intentó acercarse para llevar a Isabella de regreso a su habitación, pero Alejandro levantó la mano, deteniéndolo. No quería interferir.
Isabella se acercó lo suficiente como para ver el plato. Sus ojos se fijaron en los plátanos dorados. Extendió lentamente la mano, como si temiera que alguien se lo impidiera. Elena colocó el plato frente a ella sin decir nada más.
El silencio se hizo absoluto.
La niña tomó un pequeño trozo de plátano. Lo observó por un instante. Luego lo llevó a su boca.
Masticó despacio.
El tiempo pareció detenerse.
Alejandro sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Los sirvientes no parpadeaban.
Entonces, algo cambió.
Isabella tragó.
Y en su rostro apareció una sonrisa pequeña, pero real.
“Quiero más”, dijo con una voz débil pero clara.
Ese simple gesto rompió todo.
Alejandro corrió hacia ella, arrodillándose a su lado. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no intentó ocultar. Durante meses había temido perderla, había visto cómo su vida se apagaba poco a poco, y ahora, en ese instante, todo parecía volver.
“Mi amor… come todo lo que quieras”, susurró, con la voz temblorosa.
Isabella tomó más plátanos. Luego probó el arroz. Después el pollo. Comió despacio al principio, pero pronto comenzó a hacerlo con más ganas. No era solo hambre. Era algo más profundo, algo que la conectaba con una sensación que había perdido.
Cuando terminó el plato, miró a Elena.
“¿Hay más?”, preguntó.
Elena sonrió.
“Siempre habrá más para ti.”
Ese día cambió todo.
Desde ese momento, Isabella solo quería comer lo que Elena preparaba. Rechazaba cualquier otro alimento. No importaba cuánto lujo tuviera el plato o quién lo cocinara. Solo confiaba en Elena.