Calma.
No debilidad.
No derrota.
La clase de calma que siente un general justo antes de dar la orden de atacar.
Metí la mano en mi bolso y saqué mi teléfono.
Valeria fue la primera en reírse.
“¿A quién le vas a llamar?” preguntó. “¿Al DIF? Corazón, hoy es domingo.”
Diana tomó su copa de vino con un suspiro aburrido. “Bruno, dale unos pesos para un taxi. No quiero seguir viéndola.”
Los ignoré a todos.
Mi dedo se movió hacia un contacto.
Arturo – Director Jurídico (EVP Legal).
La llamada se conectó al primer tono.
“¿Camila?” La voz de Arturo sonó tensa, alerta, ya preocupada. “¿Todo está bien?”
Levanté la barbilla y hablé con un tono tan firme que cortó el murmullo de la sala.
“Arturo. Activa el Protocolo Siete.”
Silencio.
No de confusión.
De reconocimiento.
Arturo sabía exactamente lo que significaban esas palabras.
El Protocolo Siete era la opción nuclear.
La cláusula de tierra arrasada.
La que habíamos incluido durante las negociaciones del acuerdo prenupcial, el mismo documento que Bruno firmó sin entender jamás quién tenía realmente el poder.
Arturo exhaló lentamente.
“¿Protocolo Siete?” preguntó, más bajo ahora. “Camila… ¿estás segura? Los Mendoza lo perderán todo.”
Levanté la mirada.
La sonrisa de Bruno ya se estaba desvaneciendo.
Diana se había quedado inmóvil con la copa a medio camino.
La expresión arrogante de Valeria se quebró lo suficiente para dejar ver el miedo.
Y por primera vez en toda la noche, todas las miradas estaban exactamente donde debían estar.
En mí.
“Sí,” dije.
Mi voz era lo suficientemente tranquila como para aterrorizarlos.
“Estoy segura. Efectivo de inmediato.”
PARTE FINAL – EL PROTOCOLO SIETE
El silencio en el comedor no era normal.
Era pesado.