“Por favor, baje el arma, señora”, dijo el joven levantando las manos, agotado y cubierto de polvo. “Me llamo Diego Morales. Soy abogado penalista de la Ciudad de México. Doña Chela, la viejita de la tienda en San Marcos, me buscó a escondidas. Me dijo que usted corría un peligro inminente y que su esposo había reunido pruebas que podían hundir al presidente municipal. Yo trabajo directamente con fiscales federales. Si tiene lo que creo que tiene, podemos acabar con este imperio hoy mismo.”
Durante las siguientes 5 horas, a la luz de una pequeña fogata oculta en la caverna, Diego revisó los cientos de documentos. Su rostro pasó de la incredulidad profesional a la indignación absoluta.
“Esto no es un simple delito local, señora Elena”, murmuró el abogado, secándose el sudor. “Es fraude federal masivo, delincuencia organizada y homicidios premeditados. Hilario no controla a los jueces federales. Pero si nos encuentra en este cañón con estas cajas, no saldremos vivos.”
A las 4 de la madrugada, empacaron los documentos más críticos en 2 mulas salvajes que rodeaban el arroyo seco. Sabiendo que todos los caminos principales estaban bloqueados y vigilados por los matones de Hilario, cabalgaron 18 horas ininterrumpidas por la ruta más traicionera y escarpada del desierto, esquivando barrancos mortales y soportando temperaturas que superaban los 42 grados. Elena no se detuvo a quejarse ni una sola vez, impulsada por una rabia pura y el amor inquebrantable hacia su difunto esposo.
Llegaron a la capital del estado al amanecer del tercer día y entraron directamente al edificio fuertemente custodiado de la Fiscalía General de la República. Cuando el fiscal especial vio los sellos originales y las pruebas de los desvíos millonarios, ordenó de inmediato un despliegue sin precedentes.