Elena tenía 34 años, un modesto vestido negro que aún olía a cera de veladora, y la mirada vacía, cansada, de quien lleva 3 noches seguidas sin dormir, contando los huecos que la muerte deja en el alma. Había sido maestra rural en esa comunidad durante 8 años y sabía perfectamente cuándo alguien intentaba verle la cara o intimidarla.
“Las 12 hectáreas no están en venta, don Hilario”, respondió con voz firme, guardando las escrituras en su viejo bolso de cuero.
De pronto, una mano la tomó bruscamente del brazo, encajándole las uñas. Era Carmen, la propia hermana biológica de Mateo.
“No seas estúpida ni malagradecida, Elena”, siseó Carmen ante todos, con los ojos inyectados de desprecio y envidia. “Mi hermano está muerto por andar de revoltoso y meterse donde no lo llamaban. Mi tío Hilario te está haciendo un favor inmenso al ofrecerte unos pesos. Firma los malditos papeles y lárgate a tu pueblo. Tú nunca fuiste parte de esta familia, solo fuiste una arrimada.”
El golpe emocional de escuchar eso de su propia cuñada fue brutal, un nudo frío le apretó la garganta, pero Elena apretó la mandíbula. Era la primera semana de octubre y el viento del desierto quemaba la piel. Mateo había muerto 16 días atrás. Oficialmente, por una trágica caída de caballo en el peligroso camino a la sierra. Pero Elena sabía la diferencia entre un jinete experto que sufre un accidente y un hombre al que asesinan a sangre fría.
Mateo se lo había susurrado temblando, 3 días antes de morir, con la mirada clavada en la puerta como si esperara a sus verdugos. Le rogó que, si algo le pasaba, no confiara en nadie, ni siquiera en su sangre. Le pidió que fuera al viejo Cañón de las Ánimas, buscara el pozo seco y escarbara bajo la roca en forma de corazón.