Cuando nuestras manos se tocaron, una corriente eléctrica me recorrió el brazo.
Creo que él también la sintió.
Pero ambos fingimos normalidad.
Esto es trabajo.
Solo trabajo.
Aunque en el fondo sabía que subirme al auto equivocado había cambiado todo.
Los primeros días fueron un torbellino.
No el tipo de torbellino romántico de película… sino uno real, lleno de agendas imposibles, llamadas a medianoche y correos electrónicos que parecían multiplicarse solos.
Alejandro no exageró cuando dijo que su sistema era caótico.
Era brillante, sí. Visionario. Estratégico. Pero su organización personal era un desastre.
Archivos sin etiquetar. Reuniones superpuestas. Viajes programados sin confirmar hoteles.
Yo no era su asistente.
Era su salvavidas.
Y eso me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Dos semanas después de comenzar, algo cambió.
No fue una gran escena dramática.
Fue algo pequeño.
Estábamos en su oficina revisando un calendario de viajes a Guadalajara y Monterrey. Yo había reorganizado tres semanas de reuniones en menos de una hora.
Él me observaba.
No como jefe.
Como hombre.
—No entiendo cómo lo haces —dijo finalmente.
—Dormir cuatro horas al día te convierte en una máquina eficiente.
Frunció el ceño.
—Eso no fue gracioso.
Me encogí de hombros.
—Me acostumbré.
Se apoyó en el escritorio, cruzando los brazos.
—No deberías tener que acostumbrarte a sobrevivir.