La encontró agonizando en el río và la llevó a su cama para salvarla, pero al descubrir la verdad sobre su pasado, Mateo se dio cuenta de que su familia era la culpable de su desgracia.

Durante 3 días, Mateo no se separó de su lado. Limpió sus heridas con alcohol y hierbas, le dio de beber caldos de pollo en cucharadas lentas y vigiló sus fiebres. Ella deliraba en náhuatl y español, mencionando tierras perdidas y nombres que Mateo no lograba descifrar. Cuando finalmente abrió los ojos, unos pozos de color café cargados de una tristeza milenaria, solo dijo un nombre: Elena.

Elena empezó a recuperarse, pero el misterio crecía. Sus manos tenían callos de trabajar la tierra, nhưng sus modales eran de alguien que conocía el peso de la dignidad. Un día, mientras Mateo buscaba unas mantas viejas en el despacho que perteneció a su padre, un mueble de madera de roble que nadie había tocado en 15 años, encontró un compartimento falso detrás de unos libros de contabilidad.

Al abrirlo, extrajo un sobre amarillento con el sello oficial del registro de la propiedad de 1996. Sus manos temblaron al leer los nombres en el contrato de compraventa. La propiedad donde él había crecido, la tierra que su padre supuestamente compró con sudor, figuraba como una “donación forzosa” de un tal Silverio Santos, quien según el documento, había muerto sin herederos. Al final del papel, vio la firma de su padre junto a la de un testigo que conocía bien. Pero lo que lo dejó paralizado fue la fotografía que cayó del sobre: era Elena, 20 años más joven, abrazada a un hombre que lucía exactamente como el “vendedor” que su padre supuestamente había liquidado.

Mateo sintió que el suelo se abría. La mujer que estaba salvando en la habitación de al lado no era una desconocida; era la heredera legítima de cada metro cuadrado que él llamaba suyo. No pudo evitar el grito ahogado al comprender que su padre, el héroe que él idolatraba, era un ladrón de tierras. No podía creer lo que estaba a punto de suceder khi Elena entró al despacho cojeando, miró el papel en sus manos y sus ojos se llenaron de un odio que quemó el aire.