Parte 2
La tormenta no duró una noche, sino días enteros, y después de esos días llegaron otros peores. Desde el interior del pozo, Alma escuchaba cómo el viento barría la sierra como si quisiera arrancarle la piel a los árboles. La nieve se acumuló tanto que el borde de piedra quedó medio tapado, y su refugio se convirtió en un agujero mínimo entre la tierra helada y la oscuridad. Encendía fuegos pequeños, apenas chispas cuidadosas, para no gastar el aire ni delatarse con humo innecesario. Dormía a ratos, siempre con hambre, siempre con el cuerpo adolorido, abrazando la cobija de su madre como si esa tela pudiera sostenerla viva. Había días en que el frío se le metía hasta los dientes y pensaba que ya no iba a despertar. Había noches en que la soledad dolía más que las ampollas en las manos, más que el estómago vacío, más que la humillación de haber sido expulsada como un animal enfermo. Pero cada mañana hacía lo mismo: contaba sus provisiones, limpiaba la humedad de las piedras, revisaba la entrada y se obligaba a seguir. En una ocasión escuchó voces lejanas mezcladas con el vendaval. Reconoció una de ellas. Era la de su padre. Por un impulso casi infantil, subió unos centímetros y quiso responder, pero se detuvo. Aquello no sonaba a búsqueda desesperada, sino a caos. Oyó golpes, gritos, una carreta atascándose y después el mismo silencio monstruoso. Pasó horas temblando, preguntándose si Tomás la estaba buscando por remordimiento o solo por miedo a morirse solo. No salió. Sabía que allá afuera un paso en falso bastaba para quedar enterrada viva. Con el tiempo, el hambre la volvió más precisa. Masticó raíces amargas, racionó nueces una por una, derritió hielo en recipientes improvisados y aprendió a escuchar el terreno. El pozo crujía, la montaña crujía, el invierno entero sonaba como una bestia respirando encima de ella. Para no enloquecer, hablaba en voz baja con su madre imaginaria. —No me dejes sola. —Nunca lo estuviste —se respondía, porque era la única forma de no derrumbarse. Afuera, el pueblo se hundía sin que ella lo viera. Las trojes no estaban listas, la leña era poca, los techos viejos comenzaron a vencerse bajo el peso de la nieve, y las familias que antes se burlaban ahora se peleaban por costales húmedos y fogones que no alcanzaban para todos. Hubo puertas cerradas a vecinos, hubo empujones, hubo hombres queriendo mandar sobre lo que quedaba. El miedo volvió mezquina a la gente. Alma imaginaba ese desastre y sentía rabia, pero también una pena honda, porque ella sí los había querido salvar. Nadie le creyó. Nadie la quiso escuchar. Pasaron semanas. Tal vez más. El tiempo dejó de tener nombre. Un día, al despertar, notó algo distinto: el aire no mordía igual. Otro día oyó el goteo tenue del deshielo. Luego, una franja de luz tibia se filtró por la entrada y le iluminó la cara con una suavidad que casi le hizo llorar. Salió con cuidado, sosteniéndose de las piedras, como si estuviera naciendo otra vez. El bosque seguía blanco, pero ya se escuchaba agua correr bajo la nieve rota. El cielo era menos cruel. La primavera venía abriéndose paso. Alma respiró hondo por primera vez en mucho tiempo y miró hacia el pueblo. No vio humo. No vio gallinas sueltas. No vio movimiento. Caminó con las piernas débiles, hundiéndose entre costras de hielo, hasta llegar a la calle principal. Lo que encontró la dejó sin aire. Había techos vencidos, puertas abiertas por el viento, ollas volcadas, huellas antiguas borradas a medias. No quedaba una sola voz. Entró a la casa de una anciana que le daba pan cuando Tomás no miraba. Vacía. Fue a la tienda. Vacía. Llegó hasta su propia casa y allí lo vio: su padre, caído junto a la mesa, con una mano extendida hacia la chimenea apagada. Alma no gritó. Se quedó quieta, con la mirada seca, entendiendo de golpe que el invierno no había perdonado a nadie. Ni a los crueles, ni a los cobardes, ni a los que se rieron de ella. Se arrodilló frente a Tomás y vio en su rostro, ya inmóvil, algo que jamás le había conocido en vida: miedo. Entonces descubrió bajo su mano rígida una bolsa de manta. Dentro había tortillas duras, un cuchillo mejor que el suyo y la mitad de una cobija gruesa. También había una sola frase escrita con letra torpe en un pedazo de papel: “Si regresas, aguanta”. Alma sintió que el mundo volvía a quebrarse, porque en esa casa muerta entendió el giro más cruel de todos: su padre la había expulsado delante de todos, pero al final sí había intentado alcanzarla, y ella nunca lo sabría todo, nunca podría preguntarle por qué.