Roberto, quien le había advertido sobre los planes de Mauricio, se había unido al equipo tr meses atrás. Por cierto, añadió Elena, llegó la invitación para la gala benéfica del grupo Villalba.
Alonso Cárdenas personalmente solicitó tu presencia como asesora especial del comité de transparencia. Su relación con Alonso había evolucionado hacia una respetuosa asociación profesional. No era romance lo que habían construido, sino algo quizás más valioso, confianza mutua y admiración genuina.
Confirma mi asistencia”, respondió Daniela, “y prepara el informe trimestral para llevarlo.” La tarde avanzaba tranquila cuando decidió caminar hasta la cafetería de la esquina. El aire fresco le sentaba bien después de horas de trabajo concentrado.
Mientras esperaba para cruzar la avenida, un auto negro se detuvo en el semáforo. No era el lujoso deportivo de antes, sino un modelo más modesto, aunque bien mantenido. A través del parabrisas, Daniela reconoció inmediatamente al conductor Mauricio Gálvez.
El tiempo no había sido amable con él. Nuevas arrugas surcaban su rostro. Su cabello mostraba canas prematuras. La arrogancia había sido reemplazada por una expresión cautelosa, casi temerosa. Sus ojos se encontraron a través del cristal.
El tiempo pareció detenerse. Mauricio la observó tomando nota de su elegante traje ejecutivo, de su postura confiada, de la serenidad en su rostro. Vio el edificio de donde había salido con el nombre de su consultora claramente visible.
Por un momento pareció que iba a bajar la ventanilla, que iba a hablar, que iba a intentar explicarse, disculparse o quizás atacar nuevamente. Su mano se movió hacia la manija de la puerta, pero entonces Daniela hizo algo inesperado.
Simplemente continuó su camino sin odio, sin rencor, sin miedo, sin ninguna emoción en absoluto. Para ella, Mauricio Gálvez ya no existía. El semáforo cambió a verde. Mauricio permaneció inmóvil unos segundos más, observándola alejarse.
Finalmente continuó su camino, desapareciendo en el tráfico de la tarde. No bajó del auto, no intentó hablar con ella porque finalmente entendió la lección más dolorosa. Él ya no tenía ningún poder sobre ella, nunca lo volvería a tener.
La venganza de Daniela no había sido destruirlo. Había sido algo mucho más devastador, superarlo completamente. Mientras entraba a la cafetería, su teléfono sonó. Era Alonso. ¿Cómo va tu día?, preguntó él con su habitual calma.
Perfecto, respondió Daniela mirando hacia la avenida donde el auto de Mauricio ya se había perdido. Absolutamente perfecto y por primera vez en mucho tiempo realmente lo era.