Me pareció un acto de limpieza moral.
Aquella casa iba a dejar de ser escenario de humillación para volverse refugio.
El día de la inauguración amaneció soleado, con ese cielo azul casi insolente que a veces regala la ciudad. Llegaron periodistas, vecinas, voluntarios, autoridades, amigas mías y varias mujeres que habían pasado por la fundación. Había flores blancas en la entrada y una placa cubierta por una tela color vino.
Yo llevaba un vestido marfil y un chal ligero. Estaba saludando a unas señoras de Coyoacán cuando uno de los guardias se acercó con discreción.
—Señora Guadalupe, hay un hombre afuera que insiste en verla. Dice que es su hijo.
Se me quedó quieto el corazón un segundo. Luego seguí respirando.
—Déjelo pasar al jardín lateral. Iré en un momento.
Lo vi desde lejos antes de acercarme. Estaba más delgado, más encorvado, más gris. Pero todavía conservaba algo del niño que corrió por primera vez hacia mis brazos en el orfanato tantos años atrás. Yo no lo había parido. Lo había elegido. Y eso, para mí, siempre había significado algo sagrado. Tal vez por eso dolió tanto.
Cuando me acerqué, se puso de pie.
—Hola, mamá.
Lo observé con calma.