Hijos echan a sus padres bajo la lluvia… pero el anciano escondía una herencia millonaria…

“No entiendo por qué tenemos que visitarlos tan seguido”, le decía Lorena a Daniel cuando él sugería ir a ver a sus padres. “Viven en esa casa pequeña y vieja. Huele raro y, honestamente me incomoda. Además, tus padres siempre están tratando de darnos comida que claramente no podemos permitirnos comer porque está llena de carbohidratos y grasas. No entienden que tenemos que cuidar nuestra figura. Daniel, quien una vez había sido el hijo más dedicado, comenzó a hacer eco de las opiniones de su esposa.

Las visitas, que antes eran semanales, se convirtieron en mensuales, luego bimensuales, luego ocasionales. Cuando visitaban, Lorena pasaba todo el tiempo en su teléfono, claramente aburrida, suspirando exageradamente cada vez que Carmen intentaba conversar con ella. Los niños, Matías y Valentina estaban tan acostumbrados a los juguetes caros y la tecnología que no sabían qué hacer en la casa simple de sus abuelos. Mónica se había casado con Rodrigo, un abogado exitoso. No tenían hijos porque, según Mónica, su carrera era demasiado importante para pausarla por la maternidad.

Mónica había cambiado mucho desde que se convirtió en doctora. Ya no era la niña de carácter fuerte pero cariñoso que Carmen recordaba. Ahora era una mujer sofisticada que conducía un auto alemán importado. Vivía en un penthouse en el mejor barrio de la ciudad y vestía ropa de diseñador que costaba más de lo que Carmen y Fernando ganaban en un año. Mamá, ¿por qué siguen viviendo en esta casa? le preguntaba Mónica cada vez que visitaba, mirando alrededor con desaprobación evidente.

Es vieja, está deteriorada. El barrio ya no es lo que era. Deberían mudarse a algo más pequeño y moderno, un apartamento para personas mayores o algo así. Carmen trataba de explicarle que esa casa era su hogar, que cada rincón guardaba un recuerdo precioso, que ahí habían criado a sus cuatro hijos, que ahí habían construido su vida juntos. Pero Mónica simplemente no lo entendía o no quería entenderlo. Para ella, la casa era solo una propiedad vieja que ocupaba un terreno valioso.

Sebastián, el artista contemplativo, se había casado con una mujer llamada Natalia, también artista. No tenían hijos y vivían una vida bohemia en un apartamento espacioso lleno de pinturas y esculturas. Sebastián visitaba un poco más que sus hermanos, pero sus visitas siempre eran breves y parecían más un deber que un deseo genuino de pasar tiempo con sus padres. Siempre estaba distraído pensando en su próxima exposición, en su próxima venta, en su próxima comisión. Papá, mamá, les decía Sebastián con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Tienen que entender que mi carrera artística requiere toda mi atención. Es un mundo competitivo. No puedo distraerme o me quedaré atrás, pero los tengo presentes. Siempre los tenía presentes. Carmen se preguntaba cómo podía tenerlos presentes cuando pasaban meses sin que llamara, cuando sus breves visitas duraban menos de una hora, cuando nunca preguntaba cómo estaban realmente, cómo se sentían, si necesitaban algo. Gabriela, la benjamina había sido siempre la más dulce de los cuatro, pero ella también cambió después de su éxito profesional.