“Mónica,” dijo la mujer con voz firme, pero compasiva, “sé lo que estás pasando y sé que probablemente piensas que tu vida terminó, pero te equivocas. Tu carrera como la conocías terminó. Sí, tu reputación pública está destruida. Sí, pero todavía estás viva. Todavía eres una doctora talentosa. Todavía puedes hacer algo significativo con el resto de tu vida. ¿Cómo? Preguntó Mónica con voz quebrada. Nadie me contratará. Nadie confiará en mí. Ven a trabajar conmigo. Ofreció la mentora. Trabajo en una clínica gratuita en los barrios pobres, atendiendo a familias que no pueden pagar atención médica.
No paga bien, de hecho apenas paga, pero es trabajo honesto, ayudando a gente realmente lo necesita. Tal vez sea lo que necesitas para reconstruir no tu reputación, sino tu alma. Mónica aceptó. No tenía otras opciones, pero también en algún lugar profundo dentro de ella reconocía que merecía esta caída, esta humillación, esta oportunidad de empezar desde cero. Sebastián vio como su carrera artística se evaporaba de la noche a la mañana. Las galerías cancelaron sus exposiciones. Los coleccionistas que habían estado peleándose por sus obras ahora ni siquiera contestaban sus llamadas.
Su esposa Natalia, quien resultó ser tan superficial como hermosa, lo dejó cuando vio que el dinero se acababa. No firmé para esto le dijo Natalia mientras empacaba sus cosas. Me casé con un artista exitoso, no con un pari social que no puede vender ni una pintura. Sebastián se quedó solo en su apartamento, ese espacio que una vez había estado lleno de vida y creatividad, ahora sintiendo vacío y frío. Una noche, ebrio y desesperado, tomó sus pinturas más recientes y las destruyó todas.
rasgó los lienzos, tiró pintura por todas partes, gritando de frustración y odio hacia sí mismo. Cuando finalmente se calmó, se sentó en el suelo rodeado de los restos de su trabajo destruido, y lloró no por las pinturas perdidas, sino por algo mucho más profundo. Lloró por el hombre en el que se había convertido, por los valores que había perdido en su búsqueda del éxito. Y por primera vez desde que todo comenzó, Sebastián entendió verdaderamente lo que había hecho, no intelectualmente, como cuando ves las noticias y piensas, “¡Qué terrible!”, sino visceralmente en sus huesos.