Dinero que no tienen, así que van a tener que vender de todas formas.” Carmen no podía creer lo que estaba escuchando. Daniel, esto fue un accidente, un cortocircuito. Los bomberos lo confirmaron. No tiene nada que ver con no pueden quedarse aquí”, interrumpió Daniel. Lorena no lo permitiría. Ella tiene estándares muy altos para su hogar y bueno, ustedes entienden, pero somos tus padres, dijo Fernando, su voz quebrándose. Hijo, por favor, solo por una noche estamos empapados. Estoy enfermo.
Tu madre está temblando. Por favor. Daniel miró por encima del hombro como si verificara que Lorena no estuviera escuchando. Luego se volvió a sus padres y con una voz completamente desprovista de emoción dijo, “Lo siento, pero no. Si quieren ayuda, vendan la casa. Esa es la única forma en que los ayudaremos.” Y cerró la puerta. Carmen y Fernando se quedaron ahí parados bajo la lluvia torrencial, mirando esa puerta cerrada. El taxi que los había traído ya se había ido.
No tenían dinero para otro. No tenían a dónde ir. Intentemos con Mónica, dijo Fernando, aunque su voz había perdido toda esperanza. Caminaron durante 40 minutos bajo la lluvia hasta llegar a la casa de Mónica. Cada paso era una agonía. Las piernas de Fernando apenas respondían, debilitadas por el derrame y ahora por el agotamiento y el frío. Carmen toscía constantemente. El humo del incendio había irritado sus pulmones. Cuando llegaron a la casa de Mónica, un edificio de apartamentos lujoso con seguridad en la entrada, ni siquiera pudieron entrar.
El guardia de seguridad los detuvo. ¿A dónde van? preguntó con desconfianza, mirando su aspecto empapado y desaliñado. “Venimos a ver a nuestra hija Mónica Ruiz”, explicó Carmen. “Vive en el penthouse.” El guardia hizo una llamada. Después de un minuto colgó y negó con la cabeza. La doctora Ruiz dice que no está esperando visitantes y que no pueden subir. Por favor, suplicó Carmen, dígale que es una emergencia, que hubo un incendio en nuestra casa, que por favor nos deje al menos hablar con ella.