Dinero que no necesitan, que solo quieren. Así que váyanse y no vuelvan hasta que puedan tratarnos con el respeto que nos merecemos. Daniel se puso rojo de furia. Muy bien, pero acuérdate de esto, papá. Cuando estés viejo y senil, cuando necesites que alguien te cambie los pañales y te dé de comer, no vengas a pedirnos ayuda. Porque si no quieres ayudarnos ahora, nosotros tampoco te ayudaremos cuando llegue ese momento. Ya estoy viejo, respondió Fernando con una tristeza profunda en su voz.
Y ya necesito ayuda. Y ninguno de ustedes está aquí. Así que tu amenaza llega tarde. Los cuatro hijos salieron de la casa ese día y durante las siguientes semanas no hubo contacto alguno. Carmen pensó que tal vez, solo tal vez, sus hijos reflexionarían sobre su comportamiento. Pensó que quizás se darían cuenta de lo cruel que habían sido, pero estaba equivocada. Lo que sus hijos hicieron a continuación fue algo que Carmen nunca, en sus peores pesadillas hubiera imaginado posible.
Comenzó con llamadas telefónicas acosadoras. Los cuatro hijos se turnaban para llamar a todas horas del día y de la noche, presionando, manipulando, amenazando. Cuando Carmen y Fernando dejaron de contestar el teléfono, comenzaron a presentarse sin avisar. Tocaban la puerta a las 6 de la mañana, llegaban a las 11 de la noche, interrumpían las comidas, las siestas, los raros momentos de paz que Carmen y Fernando tenían. “Solo firmen los papeles,” decía Mónica cada vez que aparecía. Es simple, es rápido y todos podemos seguir con nuestras vidas.
Están siendo increíblemente egoístas”, agregaba Daniel. “Piensen en sus nietos. Matías necesita ortodoncia que cuesta miles de dólares. Valentina quiere ir a un campamento de verano en Europa. ¿Van a negarles a sus propios nietos estas oportunidades solo tercos? Carmen quiso gritar que ella y Fernando habían pagado por todas las necesidades de sus hijos sin que nadie les diera nada, que habían trabajado hasta el agotamiento para darles lo que ellos nunca tuvieron, que habían sacrificado todo, absolutamente todo. Y ahora sus hijos no podían pagar la ortodoncia de sus propios hijos sin vender la casa de sus padres.