Hijos echan a sus padres bajo la lluvia… pero el anciano escondía una herencia millonaria…

Ustedes están aferrando egoístamente a una casa que de todas formas será nuestra cuando mueran. ¿Por qué no dárnosla ahora cuando realmente la necesitamos? Carmen miró a su hijo, ese hijo que una vez había sido tan sensible, tan empático, y vio a un completo extraño. “¿La necesitan?”, preguntó Carmen con una calma que no sentía. Sebastián, tú vives en un apartamento de 200 m cuadrados. Mónica, tú conduces un auto que cuesta más de lo que tu padre ganó en toda su vida.

Daniel, tus hijos van a escuelas privadas donde la matrícula mensual es más de lo que nosotros gastamos en comida en un año. Gabriela, tú vives en una mansión con seis habitaciones. Ninguno de ustedes necesita este dinero. Lo quieren, es diferente. Nos lo merecemos, dijo Gabriela, su voz fría como el hielo. Después de todo lo que hemos logrado, después de haber hecho algo de nuestras vidas, a pesar de venir de un hogar tan modesto, nos merecemos ese dinero.

Las palabras de Gabriela resonaron en el silencio que siguió como una sentencia de muerte. Carmen sintió algo morir dentro de ella en ese momento. No dolor, no rabia, sino algo más devastador. La muerte de la ilusión. La ilusión de que sus hijos eran buenas personas. La ilusión de que el amor que ella y Fernando les habían dado había creado adultos con valores. La ilusión de que la familia significaba algo. “Váyanse”, dijo Fernando con una voz que Carmen no le había escuchado nunca.

Era una voz dura, final, llena de una autoridad que no admitía discusión. “Váyanse de mi casa ahora mismo los cuatro.” Los hijos se miraron entre sí, claramente no esperando esta reacción. “Papá”, comenzó Daniel, pero Fernando lo interrumpió. “Dije que se vayan. He escuchado suficiente. Vinieron a mi casa, la casa que compré con el sudor de mi frente, la casa donde los crié a todos ustedes y tienen el descaro de decirme que debería vendérselas para que puedan tener más dinero.