Paloma le contaba que estaba bien, que tenía trabajo, que la prima la trataba bien. No le contaba que lloraba todas las noches, no le contaba que a veces se arrepentía de haber venido. No le contaba que las calles de los ángeles podían ser más solitarias que el cerro más alejado de Oaxaca. Llamaba cada semana, después cada 15 días, después una vez al mes, no porque dejara de querer hablar con su mamá, sino porque cada llamada le dolía más que la anterior.
Cada vez que colgaba, el silencio del departamento se le caía encima como una losa. Era más fácil no llamar, era más fácil no sentir. Un martes por la tarde llevó el carro de una de sus patronas a una mecánica en la calle Primera. El que la atendió fue un gringo alto, de manos manchadas de grasa y ojos claros que la miraron con curiosidad. Se llamaba William Carter. No hablaba ni una palabra de español. Paloma apenas hablaba inglés, pero él le sonrió de una forma tranquila, sin prisa y le dijo algo que ella no entendió, pero que sonó amable.
Ella le sonrió de vuelta. A veces así empiezan las cosas, no con fuegos artificiales, con una sonrisa torpe en un idioma que ninguno de los dos entendía del todo. Se casaron un sábado por la tarde en una oficina del gobierno con piso de mosaico y luz de neón. Paloma llevaba un vestido blanco sencillo que compró en una tienda de segunda mano. William llevaba una camisa azul que Paloma le planchó esa mañana. No hubo fiesta, no hubo música.
Firmaron los papeles, se tomaron una foto afuera con el teléfono de ángeles y fueron a cenar a un restaurante mexicano que quedaba cerca. Esa noche, Paloma caminó hasta el teléfono público y llamó a doña Crescencia. Rosario bajó corriendo como siempre. Cuando Paloma le dijo que se había casado, hubo un silencio largo del otro lado de la línea. Después, la voz de Rosario salió quebrada, mitad risa y mitad llanto. Y es bueno contigo, mi hija. Paloma dijo que sí.
¿Y te quiere? Paloma dijo que sí. Rosario se quedó callada un momento y después dijo, “Entonces está bien, eso es lo único que importa.” Pero Paloma alcanzó a escuchar justo antes de colgar un soyo, que Rosario intentó tapar con la mano. Francisco no se puso al teléfono. Rosario le dijo que le mandaba un abrazo. Paloma sabía lo que eso significaba, que su papá estaba parado al lado escuchando todo, con la mandíbula apretada y los ojos húmedos, sin poder decir nada.
Dos años después nació Mateo. Paloma se juró que esa misma semana iba a llamar para darles la noticia, pero esa semana Mateo no dormía de noche y ella estaba agotada. Dijo, “La próxima semana. ” La próxima semana William tuvo que trabajar doble turno y ella se quedó sola con el bebé sin carro. dijo, “El lunes, el lunes se convirtió en viernes y el viernes en el siguiente lunes. Y así los días se fueron amontonando uno sobre otro, como capas de polvo sobre un mueble que nadie limpia.
No era maldad, no era olvido, era algo peor. Era la costumbre de dejar las cosas para después y después y después.” Pero había algo que Paloma hacía cada noche sin falta. Aunque no se diera cuenta de lo que significaba. Cuando acostaba a Mateo en su cuna, le cantaba bajito en español, le decía, “Mi niño.” Le contaba que muy lejos, en unas montañas muy bonitas, vivían sus abuelitos, que algún día los iba a conocer. Mateo la miraba con esos ojos enormes que tenía, sin entender nada, y Paloma le acariciaba la frente y seguía hablándole en español como si fuera lo único que le quedaba de aquel lugar.
Y del otro lado, a miles de kilómetros, Rosario iba todos los viernes a la casa de doña Crescencia. Se sentaba junto al teléfono y esperaba una hora, a veces dos. Doña Crescencia le ofrecía café, le hacía plática. Pero Rosario solo miraba el teléfono como si pudiera obligarlo a sonar con la fuerza de su mirada. El teléfono no sonaba. Un viernes, Rosario fue como siempre. Se sentó, esperó, el teléfono no sonó. Se levantó despacio, le agradeció a doña Crescencia y caminó de regreso a su casa por el camino de tierra.