No tendría más de 9 años. Se acercó al puesto caminando despacito, mirando para todos lados con esa cara que ponen los que quieren parecer que no están haciendo nada. Francisco estaba acomodando los quesos cuando vio la mano del niño estirarse rápido como un lagarto y llevarse dos huevos del canasto. El chamaco los escondió debajo de la camisa y se fue caminando como si nada, sin correr, sin voltear. Francisco no dijo nada, pero al jueves siguiente, cuando vio al mismo niño acercarse otra vez con la misma estrategia, decidió seguirlo.
Lo siguió de lejos, entre los puestos del tianguis, por las calles de terracería de Xlán, hasta una casa chiquita al final de una calle empinada. La puerta estaba abierta. Francisco se asomó desde la esquina y vio al chamaco entrar y sacar los huevos de debajo de la camisa con cuidado, como si fueran de cristal. Adentro había una mujer delgada sentada en un banco remendando ropa ajena y una niña como de 6 años acostada en un petate tapada con una cobija vieja tosiendo.
El niño partió los huevos en un jarrito de peltrevió. Le dio primero a la niña, después a la mamá. Él no comió. Francisco se quedó parado en esa esquina un buen rato. Después se dio la vuelta y caminó de regreso al tianguis sin decirle nada a nadie. Al jueves siguiente, Francisco acomodó el canasto de huevos en la orilla de la mesa, bien pegado al pasillo por donde caminaba la gente. Le dijo a Rosario que iba al baño y se alejó unos minutos.
Cuando regresó, faltaban tres huevos. Rosario lo miró. Francisco se encogió de hombros y dijo, “Ha de haber sido el viento.” Rosario no contestó, pero al siguiente jueves ella misma puso junto a los huevos una bolsa de frijoles y un trozo de queso, todo en la orilla de la mesa, donde cualquier mano rápida pudiera alcanzarlo. Nunca hablaron del tema, no hacía falta. Los dos sabían y los dos hacían como que no sabían. Y el chamaco, que se llamaba Toñito Paredes, seguía llegando cada jueves con su camisa grande y sus manos de lagarto, sin sospechar que esos dos viejitos que vendían queso ya lo estaban esperando.
Los Ángeles no se parecía en nada a lo que Paloma había imaginado. la prima de Rosario, una mujer llamada Ángeles, que llevaba 15 años viviendo en Boil Heights. La recibió en un departamento chiquito que olía a humedad y a frijoles refritos. Había dos colchones en el piso de la sala, una televisión vieja encendida todo el día y un crucifijo de madera colgado en la pared. Aquí no es bonito le dijo Ángeles mientras le servía un plato de sopa.
Pero es seguro. Y de aquí para arriba, mija. Paloma consiguió trabajo limpiando casas en unas colonias que allá les dicen neighborhoods. Casas enormes, con jardines bien recortados y albercas que nadie usaba. Limpiaba baños que brillaban más que toda su casa en San Juan Tabá. Llegaba al departamento con las manos hinchadas y la espalda rota. se acostaba en el colchón y se quedaba mirando el techo pensando en su mamá, en cómo a esa hora Rosario ya estaría prendiendo el fogón, en como su papá ya estaría saliendo con el asadón al hombro, en cómo el cielo de allá no se parecía nada a este cielo gris lleno de cables y edificios.
Los primeros meses, Paloma caminaba hasta un teléfono público que estaba a cuatro cuadras del departamento. Metía las monedas y llamaba al teléfono de doña Crescencia, la vecina de sus papás, que era la única en el pueblo que tenía línea. Doña Crescencia mandaba a su nieto a avisarle a Rosario y Rosario bajaba casi corriendo, secándose las manos en el mandil con el corazón acelerado. Mi hija, ¿eres tú? ¿Cómo estás? ¿Ya comiste siempre? las mismas preguntas, siempre con la misma voz temblorosa.