“Después del incendio, Ernesto me hizo firmar un papel. Decía que yo aceptaba ser responsable si el préstamo se caía”.
Yo apreté su mano.
“Eso te amarró”.
Mi madre asintió.
“Y por eso callé tanto, porque me amenazaron con cárcel y con quitarte a ti”.
Me ardieron los ojos.
“¿A mí?”
Mi madre miró al suelo.
“Yo era madre soltera entonces y ellos tenían contactos”.
Mi pecho se apretó. Entendí el peso real de su silencio.
“No fue cobardía, mamá. Fue supervivencia”.
Ella lloró bajito.
“Pero ese papel existe. Dora lo va a usar para ensuciarme”.
Alejandra nos escuchó por llamada.
“Que lo intente. Con lo que ya tenemos, ese papel se vuelve evidencia de coacción”.
Al día siguiente, Ramírez nos citó.
“Ernesto pidió negociar. Quiere un acuerdo”.
Alejandra se rió sin gracia.
“Ahora sí quieren paz”.
Fuimos. Ernesto apareció con abogado nuevo, sonrisa ensayada.
“Esto puede resolverse sin escándalo”, dijo.
Yo lo miré.
“El escándalo lo hicieron ustedes”.
Ernesto suspiró.
“Entregamos el rancho, compensamos a Silvia y ustedes retiran cargos”.
Alejandra respondió:
“No”.
Dora, sentada al lado, mantenía la mirada fija en Juan, como si lo hipnotizara.
“Hijo, di algo”, susurró.