Ramírez cerró la carpeta.
“Con esto avanzamos”.
Cuando salimos, Dora me alcanzó en el pasillo. Ya no lloraba. Sus ojos eran hielo.
“Te vas a arrepentir, te lo juro”.
Yo respiré hondo.
“Me arrepiento de haber callado antes”.
Dora se acercó más.
“¿Crees que tu madre es una santa? Ella también tiene manchas”.
Sentí un golpe de duda. Mi madre me miró desde lejos, tranquila, pero esa frase quedó clavada como espina.
Esa noche, Alejandra me llamó.
“Dora está intentando mover bienes. Quiere vaciar cuentas”.
Ramírez confirmó:
“Estamos solicitando congelamiento”.
Juan me escribió:
“Haré lo correcto, aunque me odies”.
Yo no respondí. Me senté junto a mi madre.
“Dora dijo que tienes manchas”.
Mi madre cerró los ojos.
“Tengo una”.
Se me heló la sangre.
“¿Cuál?”
Mi madre susurró:
“Yo también firmé algo. Por miedo”.
Sentí que el piso volvía a moverse.
“¿Qué firmaste, mamá?”
Mi madre tragó saliva.