Dora gritó:
“¡Eso no existe!”
Una agente encontró una carpeta azul. La abrió. Dentro había un informe con sello de una clínica privada y mi nombre escrito a mano en una esquina. Sentí que me mareaba. Alejandra lo tomó con guantes.
“Aquí está”.
Dora se quedó helada, como si le hubieran arrancado la máscara. Ernesto intentó arrebatarlo, pero lo detuvieron. Juan levantó la vista, temblando.
“Mamá, ¿ibas a hacerle eso?”
Dora no respondió. Su silencio fue una confesión.
De otro cajón salió un sobre con efectivo y una libreta con nombres. Ramírez la revisó.
“Pagos. Fechas, apodos. Aquí hay pagos a testigos”.
Ernesto se volvió gris. Dora empezó a llorar a gritos, teatral.
“Todo lo hice por mi hijo”.
Yo sentí un cansancio profundo.
“No, Dora. Lo hizo por su poder”.
Mi madre se acercó un paso.
“Y por miedo a que se supiera lo del incendio”.
Dora dejó de llorar de golpe. Me quedé mirando su cara. Era la de alguien acorralado.
Ramírez anunció:
“Señor Ernesto, señora Dora, quedan citados hoy mismo y por riesgo de fuga se evaluará detención”.
Dora gritó el nombre de Juan como si fuera un salvavidas.