“Que enloquezca. La ley no es suya”.
Fuimos como acompañantes. Al llegar, el edificio estaba lleno de ruido de radios y pasos. Dora apareció en el pasillo gritando que todo era una injusticia. Cuando me vio, su grito se volvió personal.
“Tú empezaste esto”.
Yo la miré sin temblar.
“Usted lo empezó cuando decidió humillar”.
Dora escupió palabras suaves pero hirientes.
“Tu madre siempre fue una ladrona”.
Mi madre, detrás, habló con voz serena.
“Dora, ya no”.
Esa calma enfureció más a Dora.
“No te hagas la santa”.
Ernesto apareció pálido y, al ver a Ramírez con la orden, apretó los dientes.
“Esto es persecución”.
Ramírez respondió:
“Esto es procedimiento”.
Entraron al departamento. Dora intentó bloquear el paso, pero la apartaron con firmeza. Ernesto caminaba de un lado a otro como jaula. Juan miraba el suelo.
Yo observé cada gesto de Dora. Su desesperación no era por Juan, era por los cajones.
Los agentes abrieron el mueble donde estaba la carpeta roja. Sacaron más sobres. Alejandra señaló:
“Busquen un documento médico, una declaración de incapacidad”.